21 octubre, 2021

Lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer

Ilustración de JT Ruiz, Youtube / NM

Oscar-René Vargas

El régimen Ortega-Murillo ha ganado la batalla electoral a través de la represión, la eliminación de los principales candidatos, el encarcelamiento de líderes opositores, la suspensión de los partidos políticos, manteniendo una base social fanatizada, aunque sea limitada, pero apoyada por los paramilitares y la policía.

Empero, Ortega-Murillo enfrenta una cancha negativa marcada por cuatro factores. La primera son los factores externos en su contra que en nuestro caso quiere decir EEUU, Unión Europea, Gran Bretaña, Suiza y países latinoamericanos.

La segunda son los mercados, es decir, la contracción de las inversiones extranjeras y del gran capital nacional. En tercer lugar, un rechazo de un amplio espacio integrado por intelectuales, expertos y centros de análisis e investigación nacionales e internacionales.

En cuarto lugar, los aparatos del Estado incluyendo los órganos autónomos sin capacidad de ejecución por estar subordinados al poder dictatorial y en proceso acelerado de descomposición.

Hay polarización en el país. Pero es necesario diferenciarla en dos ámbitos. En el ámbito de la opinión pública existen segmentos polarizados a partir de estereotipos fomentados por los discursos de odio promovidos por el régimen. Todo lo que hace Ortega-Murillo tiene la intención de reforzar la dictadura y debilitar la democracia. En el otro, según el discurso del régimen, toda crítica al gobierno proviene de los enemigos de la nación, de los terroristas y “golpistas”. El régimen representa a una minoría, en donde predomina posiciones sustentadas no en argumentos y sino en prejuicios.

En el ámbito de las sociedades locales -urbanas y rurales- ocurre una verdadera polarización social cuyas expresiones externas son los linchamientos a los campesinos, los ataques armados a comunidades, las acciones de los paramilitares, las agresiones a los opositores, desplazamiento forzoso de la población de la Costa Caribe por la violencia de los invasores de las tierras indígenas, los incidentes cotidianos de agresión individual en las calles, en los bares, en los buses y particularmente las agresiones hacia las mujeres.

Estas expresiones culminan en explosiones violentas transitorias y luego se disipan. Pero ahí está concentrada la gran acumulación de enojo y rabia que habita en nuestro país.

Todo lo anterior desemboca en un crecimiento mínimo de la economía, un estado desfalleciente, un gobierno autoritario y una administración pública maltrecha y desarticulada.

Lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer. Gramsci hablaba de equilibrios catastróficos o crisis orgánica. La crisis orgánica sólo es posible por efecto de la perturbación causada por un conjunto de fluctuaciones fuertes que erosionan el sistema, durante las cuales, muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo. Son períodos en los cuales se superponen: crisis de valores, crisis institucionales, políticas, éticas, morales, etcétera, como ocurre en los períodos de transición entre dos momentos históricos.

A lo largo de la historia, si algún tema ha captado la imaginación y la energía de los nicaragüenses, ha sido la idea de la modernización del país. El sueño de los nicaragüenses no es sólo una hazaña individual, sino también comunitaria. En cambio, desde las elites hegemónicas las propuestas de modernización han implicado tanto en su concepción como en su implementación la exclusión social en mayor o menor grado.

En Nicaragua, hemos vivido en los años ochenta del siglo XX dos modernizaciones fallidas. La primera, una modernización esencialmente económica –aunque con múltiples consecuencias políticas- en la que, se propuso un proyecto que incluiría originalmente a “los de abajo” pero que terminó excluyendo a la mayoría, incluyendo a la propia base social sandinista, “los de abajo”, que debieron beneficiarse de esa modernización.

La segunda, más desconcertante aún, fue el fracaso de la modernización política que impulsaba la alternancia pacífica en el país y la derrota de la dictadura por la vía pacífica. Era la promesa de una transformación democrática a partir de elecciones libres y limpias.

Sin embargo, se impuso el eje autoritario de viejo régimen: presidencialismo más partido hegemónico más interacción entre reglas formales establecidas en la Constitución, y un amplio abanico de reglas informales y facultades meta-constitucionales; el eje autoritario se fue paulatinamente incrementando sin ser sustituido por otro arreglo de gobernabilidad. Este régimen se sostiene a partir del uso corrupto, discrecional, depredador de los recursos públicos y la represión.

La derrota de la modernización económica se expresa en la incapacidad de inclusión social y productiva para la mayoría de la población. La derrota de la modernización política no ocurrió porque no fue eficaz para desmontar, desmantelar y sustituir los tres pies del régimen autoritario: el presidencialismo, el partido hegemónico y la primacía de las reglas políticas informales frente a la normatividad formal.

El presidencialismo se transformó en un Ejecutivo autoritario apoyado por los poderes fácticos. El partido hegemónico fue complementado por un pacto oligárquico “público-privado” cuyo lubricante fue el reparto de recursos públicos. Las reglas informales continúan imperando al lado de leyes aprobadas, pero no acatadas. En síntesis, las dos modernizaciones fueron fallidas, por la crisis orgánica del sistema y decapitación intelectual de las dirigencias opositoras por medio de la cooptación.

Al mismo tiempo, estamos viviendo la tensión entre dos tendencias o momentos: restauración-renovación, preservación-transformación o conservación-innovación. Las elites económicas están divididas, las elites políticas están desplazadas y las fuerzas sociales dominadas y fragmentadas, aunque en efervescencia. Los poderes fácticos han perdido la capacidad para descifrar las transformaciones subterráneas que ocurren en la sociedad.

La restauración autoritaria se interpuso a partir de 2007. Esta restauración es fruto de un hecho central: la incapacidad de las elites y de las clases subalternas de configurar una nueva hegemonía y derrocar a la dictadura. Por eso lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer.

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