25 septiembre, 2021

Más allá del existente, está el devenir: ontología y vacuidad en “Llanto de estrellas” de Francely Navarro

Fotografía de Wilmer López / Cortesía

Addis Esparta Díaz Cárcamo, doctora phil

La falacia de un Estado que obstruye la justicia y, el dolor físico como motor del proceso mental ante la angustia y la ausencia de la familia, son los ejes temáticos sobre los cuales se teje cada composición de la poeta Francely Navarro en su poemario «Llanto de Estrellas». Es una poesía cimentada en los misterios del mundo y de la vida que marcan el espacio donde se mueve el hablante lírico: lo ontológico. Trataremos de analizar y reflexionar sobre algunos poemas, los cuales fueron seleccionados por esta servidora, para introducirlos al mundo del poeta, a su geografía particular, mediante ejemplos vívidos de su producción literaria.

El hecho de existir, pensar, actuar y expresarlo, abruma grandemente esa emoción del yo subjetivo, que intenta definir a partir de algunos rasgos literarios, el texto Brujas y duendes. Este poema comienza con un oxímoron novedoso “El agua quemó” la reunión de los obispos, para luego reiterar con la sinonimia “hubo llamas e infiernos” y asegurar que la realidad dramática de un diálogo puede finalizar de manera inequívoca en “una telaraña de perlas negras”. Extrañamente la perla es la conjunción del fuego y el agua presentes en la composición, sin embargo, la cláusula anterior es símbolo particular, cuyo sentido es otro.

Las perlas negras, originarias de Tahití y la Polinesia francesa son consideradas bellezas exóticas, no obstante, en el texto aluden a problemas, insidias, trampas sucias, maraña tenebrosa de la muerte. Es decir, que toda simbología de pureza, inocencia y humildad que rodea a la perla es cercenada por el Estado represor, por la urdimbre tejida para desbaratar la palabra y usar el vocabulario de un religioso como arma para desprestigiar a Cristo a través de la metáfora “esperpentos de sangre y crucifijos”. Es el contrasentido que tiene para el hablante exclamar “YA MATARON A DIOS”, un grito desesperanzador y óntico de los que ahora no pueden protestar, porque fueron acallados por las balas.

En los poemas Quebrado Dios y Blasfemia la temática toca aspectos encadenados sobre la culpabilidad de Dios. El yo poético se involucra directamente y se coloca entre los límites de la realidad y la espiritualidad divina. Esta es consciente que no puede desvincularse de la historia y su jaculatoria es de reclamo en el primer texto, “¿qué se hizo tu mano mojada, tu ojo omnipresente?”. Esta sinécdoque de Dios encierra el desconsuelo del Ser al convertirse en un portador de la irreverencia e incredulidad ante su abandono (así firmé tu despedida), a lo que añade los veinte siglos en los que el ser humano ha visto a Dios con indiferencia y sin temor de hacer lo malo. Este texto juega con la temporalidad del «oxímoron» (antiguo futuro), con el presente o el pasado geográfico (a lo lejos), para finalmente darse por vencida y no ver la silueta divina. En el segundo texto, existe una analogía con el poema del poeta metafísico de Nicaragua, Alfonso Cortés, el cual en uno de sus poemas expresa:

 Y quedarán los enamorados

—como despiertos— y dos a dos,

La mirada fija en los sagrados

Poros, de eterno sudor bañados

De la frente arrugada de Dios.

(Poesías, Almas sucias, 28)

 De la frente arrugada de Dios es la indignación ante la desobediencia de Adán y Eva y De eterno sudor bañados, el trabajo al que se enfrentarán fuera del paraíso. La pareja original es expulsada del Edén, no sin antes ver el rostro de aquel que los formó, pero que ahora no acepta el olvido indiferente de su pecado. En cambio, Navarro, en una imagen prístina, original nos dice:

Tiembla la espuma de Dios

Cuando el metal de la muerte

Se apodera de la risa.

Dos metáforas tremendistas dan paso a este texto, cuyos signos enmarcan terror, dolor, sangre, tortura, queja y la risa del torturador. La figura divina es indiferente a lo que pasa abajo (Dios está sentado con los pies hacia arriba), mientras el mundo ve con ojos horrorizados la matanza de jóvenes púberes, quienes no cometieron ningún pecado, sino su derecho a la protesta, al despropósito de un gobernante indiferente, egoísta y megalómano. Ahora, de manera panóptica, cientos de personas desfilan con sus muertos y con pancartas donde increpan al tirano: Palabra…fotografía alzada en terremoto humano que finaliza este poema contestatario.

Fotografía de Wilmer López / Cortesía

El poema Caricia tiene un título paradójico, puesto que existe un divorcio con el contenido compositivo. Este término, cuyo significado es: “Roce suave de algo que produce una sensación agradable” no es la idea que explican los versos iniciales:

Estas no son manos

son ramas secas,

platos rotos, mesas pobres

y dentaduras negras.

(…)

Estas no son primaveras,

es carne descompuesta,

un cuerpo que se niega

a amamantar la tierra.

Un cuerpo que ha permanecido mucho tiempo en una geografía poco convencional es la contextualización histórica social que ve formas: manos que son ramas secas, roturas de huesos semejando platos rotos, indigencia y la dentadura que es la identificación proyectiva de lo que más tarde se conocerá como un joven cobardemente asesinado por balas profesionales y abandonado. La imagen es perturbadora y se presenta en un escenario complejo, cuyo drama también semeja un lugar oscuro, maloliente y tormentoso. El resto del texto corrobora mediante un cuadro dantesco y antropomorfo el silencio corpóreo, la negación de no volver a la tierra, sino ser visto por muchos, como testimonio de la aniquilación humana perpetrada por fuerzas tiránicas o el vacío ontológico presente en la muerte.

En los poemas Despedida y Hambruna, el hablante poético da a conocer al destinatario el sufrimiento de los héroes jóvenes que ofrendaron su vida. El discurso intensifica la palabra y el mensaje es preclaro:

La noche me aplasta sin piedad

una de mis lágrimas fue congelada

en una habitación

llena de calores muertos.

La antítesis “una de mis lágrimas fue congelada/ en una habitación llena de calores” puede referirse al ataque perpetrado contra un templo católico o en una vela de la ciudad con calles sin nombre. Esos héroes son huellas e indicios de muerte, dolor y agonía en la noche larga que viven los que luchan por la libertad o la visión ontológica de la protección deseada.

¡Bienaventurado ese niño!

Un arcoíris le traspasó el pecho

y la mujer de manos azules,

la hija del laurel verde

entona amores a su oído.

La alegoría deviene en la mujer de manos azules, que puede ser una clara alusión a la ninfa Dafne que se transformó en Laurel para huir del dios que la siguió y así el mismo Apolo, consagró este árbol y sus hojas en señal de gloria; pero no descartamos que es una alegoría de Nicaragua, la cual sufre ante la muerte de sus preclaros hijos. La ternura de esta mujer que arrulla a un niñito tierno o un joven púber reafirma el carácter poético, puesto que el «leitmotiv» es un arcoíris que le traspasa el pecho como símbolo de victoria sobre el mal. Es lógico que el poeta sienta el conflicto vivencial de la lucha y que su corazón se hastíe de la bestia apocalíptica, mientras la humanidad avanza en otros lugares y se estaciona en su país, cuyo auxilio no llega para nuevamente mencionar “Y perlas negras frente a los santos”/ casi estoy mirando la cascada de luz/ al final de mi vida/ casi estoy llegando…/ casi.

La indefensión, la desorientación del hablante lírico aqueja su alma, mediante una expresión vicarial y se identifica con el dolor ontológico de su pueblo:

Mi sangre formó un río

Los diablos dibujan infamias

En esas mentes que observan mi extinción…

Más yo me concentro

En el olor de los justos.

Este poema detalla de manera gradual el dolor que causa despedirse de los muertos, de los héroes, de los que ofrendan su vida por una causa justa. Son versos sencillos que viabilizan con precisión la muerte y su finitud. En su poema Hambruna, su autora indica a través de una breve radiografía lo que acontece a su alrededor. Es el exilio o la prisión, es la salida o la tortura, es la forma ilustrativa de mirar el paisaje, el espacio y a los protagonistas descritos como nobles, buenos, sinceros, bondadosos, sin embargo, ahora padecen hambre, enfermedades, pobreza, es decir, todos los males de nuestro tiempo y el estado de ánimo del poeta es el dolo y la desesperanza sombría de aquellos que deben abandonar su país a causa de la represión.

En el segundo apartado del poemario «Llanto de estrellas» el objeto de apropiación estética es internalizado a través de la depresión y el dolor psíquico que experimenta el hablante poético ante la vida. Existe una continua propensión a la repetición de un escenario traumático de pérdida de un ser querido. El thánatos y su tolerancia a las formas de aprendizajes para llegar a ser resiliente es lo que no se debe descartar. La visión estructural del sentimiento la podemos ver en el poema Gestación:

No nos dijeron que sería así;

esta constancia, este repetir de horas

bajo el cielo que todo lo olvida,

el corte umbilical y luego el llanto y después…

también el llanto.

La caricia en los labios

que dejó el seno materno,

la costumbre de calidez

y compañía en días de olvido,

abre las compuertas del llanto

y no hay calma que calme tanta agua revuelta en mí.

Después de ella

solo me aguarda el vacío,

y he de morir anhelando

me acune de nuevo

en el regazo de su corazón.

Fotografía de Wilmer López / Cortesía

La emoción y el sentido ontológico preceden al sentido de racionalidad de una pérdida humana. La impresión que deja el hablante lírico es la tristeza y la añoranza de la cuna. La reiteración del término en los siguientes versos: luego el llanto y después también el llanto o y no hay calma que calme, remarcan el título mismo del poemario «Llanto de estrellas», asimismo expresa la idea que el absurdo del mundo es estar sumergidos en el pensamiento trágico y problemático del vacío o la nada. La experiencia fundamental del nadaísmo, según el filósofo alemán Heidegger, ocurre ante la angustia de sentirse abandonado en el mundo, no se debe entender como ansiedad, sino a partir de algo determinado (me acune de nuevo)  debido  a la  imposibilidad esencial que eso no ocurrirá al hacerse presente el existir o el «Dasein» (ser ontológico).

Esta vacuidad está presente en su poema Soledad del cual tomaremos un fragmento:

Lo único que queda es el polvo…no está mi ombligo,

no está mi casa,

mi madre desapareció

y su existencia se asemeja a una brisa,

un canto que dormita

eternamente sobre mis palmas.

(…)

Sentí la llama burda de una cama,

temí, salpiqué, lloví, mientras los techos sanaban,

no hubo un llanto digno, caídas amables, pausas,

rodé y rodé en desorden hacia el salto…la nada.

La nada es el resultado de la negación del entendimiento sobre la omnitud del ente, es decir, el sujeto de la enunciación lírica no deja un resquicio, un espacio para su caída, sino que en la vorágine de su soledad, su juventud se le escapa, no hay salida a su sufrimiento (el dedo aplastante de esta vida mía) y el verso anterior en la figura de una sinécdoque, condensa la angustia del Dasein al volver los ojos a su entorno, en el cual vemos un ambiente huraño, huidizo, desordenado a la manera de los poemas de Trilce en César Vallejos. La nada es en su poema Soledad tal como lo plantean Harris y Meltzer en 1990, confusional, en tanto la amenaza reside en la capacidad de no pensar racionalmente, de tal manera que se vuelve depresiva al presentarse en un espacio psíquico anterior aquellos a quienes se ama (madre, padre, vida).

En su poema Primera muerte el dolor y la agonía forman parte de la situación original. Para el filósofo alemán, Heidegger, el hombre y la mujer son arrojados en este mundo y tienen como posibilidad radical la muerte del ontos. Desde su inicio, el hablante lírico rechaza toda conjunción con el mundo que la rodea y este distanciamiento involucra el recuerdo de su madre, al contrario, existe un apego al diálogo con la muerte, esto significa desde lo existente, los secretos del mundo, la oscuridad para transitar hacia la agonía del tiempo.

No quiero oler la caña, la amargura,

Solo dormir, dormir, dormir profundo,

Agonizar en paz, libre de días,

Sumergirme en el olvido hacia el futuro.

El escape certero es el sueño, porque la trascendencia humana es remarcada a través de la negación. En el dolor del fracaso hay más responsabilidad con el anonadamiento, lo mismo que la inclemencia de la prohibición. Es así, que el estado auténtico es sombrío, sin embargo, el hablante poético da un giro en su trayecto de escapar del aquí y se proyecta hacia un futuro, en donde el olvido será su nuevo «leitmotiv», conformante ahora de su realización personal como símbolo de vida renovada.

En los restantes poemas como Origen, Monólogo inconcluso y Gessahell los temas redundan en torno a la soledad, la ausencia, las reminiscencias con su madre, los triunfos, los secretos, el abandono, los sueños, el deseo que son todos los objetos internos más valiosos que pueblan el universo interior e intrapsíquico del sujeto de la enunciación lírica.

Esta visión proyectiva comunicativa nos ofrece un destino humano incierto y poco optimista, y se une a esto la temporalidad y la espacialidad del silencio que gravita en el lector o destinatario de su mensaje. La idea central se reitera en cada poema y es el llanto que martilla, ritmo evocador de la melancolía interna que habita en el ser, causa principal de la nada, de la vacuidad ontológica. En conclusión, podemos interpretar que este poemario es símbolo de que la existencia es un camino que conduce a la muerte y que el reconocimiento de esta verdad discurre como un reto para enfrentarnos a la Parca, sin embargo, el Dasein teje con voluntad de acero que la sabiduría y Dios son el verdadero entronque de una existencia auténtica, aun cuando Navarro permanezca fiel a sus grandes obsesiones: la muerte y la nada. Es interesante leer este poemario y a esta promesa literaria que es Francely Saharith Navarro Hernández, porque su creación es «ontológica y metafísica».

Daisy Zamora:

“Los poemas de Llanto de estrellas, logran conmover y conmocionar a quien los lee”

En los poemas del libro Llanto de estrellas, de Francely Navarro, he encontrado rasgos que suelen ser los atributos verdaderos de la palabra poética, e indicadores —distintivos e inconfundibles— de una obra de auténtica poesía.  

Uno de estos atributos característicos de la poesía es la capacidad de expresar de forma bella y certera todo lo que nos atañe como humanos.  Es este humanismo el que permea profundamente todos los poemas de Llanto de estrellas: desde aquellos que expresan el amor, abarcando el erotismo o el amor filial y el amor como solidaridad humana, así como los que tratan del dolor, manifestado en la angustia existencial, en el desamparo, la desolación y la desesperanza, y reflejado en el abandono y el desengaño, en la amargura de la separación, en la violencia y la tortura, y en el sufrimiento y la muerte; hasta los que se refieren a recuerdos familiares y añoranzas de la infancia, que es rememorada con nostalgia de todo lo ido y lo perdido.

Por esta cualidad de honda humanidad impregnada en los poemas de Llanto de estrellas, éstos logran conmover y conmocionar a quien los lee.  Además, las palabras suenan ciertas y es también genuina la manera cómo están dichas en los poemas, con un lenguaje que es el del corazón humano.  Es debido a todo eso que nos identificamos con estas palabras y nos reconocemos en esta obra.  Reconocernos en una obra e identificarnos con ella porque lo que expresa representa fielmente nuestra naturaleza humana, es señal inequívoca de la verdadera poesía.

Asimismo, la fuerza, la solidez y la exactitud de lo que se dice en los poemas hacen eficaz la expresión —sin vaguedades ni excesos ni estridencias innecesarias—, y este es otro atributo de la poesía auténtica.  Baste entonces lo que he dicho para saber que la poesía de Francely está tocada por la gracia y, también, para entender sin lugar a duda, que estamos ante una poeta que sabe cantar y que domina su oficio.

 

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