25 septiembre, 2021

El impacto del coronavirus en nuestras vidas, la inteligencia humana frente a la tecnológica y algunos mitos

Foto de France 24 / NM

Jairo Ruiz C. (*)

No importa la hora ni en qué lugar del mundo te encuentres, no importa que estación de radio o televisión sintonices, que medio de comunicación leas, la pandemia está ahí, omnipresente y rodeándote como ese sofocante viento del verano, para recalentarte el cerebro.

Tras un año de persistencia de la epidemia, urge que analicemos sus consecuencias sobre el mundo en que vivimos, sobre nuestro futuro y el de nuestras familias.

Nos esforzaremos para que las siguientes líneas te ayuden a tomar la suficiente distancia del fenómeno con el fin de no ser víctima de este.

Llegan para quedarse

El primer efecto contundente de la enfermedad es que aceleró el advenimiento de la era digital: El teletrabajo, la educación virtual, el uso de medios de pago digitales y el dinero plástico son elementos de nuestra cotidianidad con los que casi estamos acostumbrados y seguiremos utilizando una vez termine esta anómala situación, si es que termina.

El aislamiento, los encierros son otros elementos de nuestra realidad que nos apartan del saludo de manos efusivos, del cariñoso abrazo y la prohibición de desplazarnos de una a otras, cambia las costumbres, coarta la libertad

El uso de la mascarilla es otro elemento cuyo alcance sicológico leeremos mas adelante.

El hecho es que en estos meses de encierro durante los cuales nuestras salidas y acciones han sido virtuales le ha permitido a muchas empresas tener un conocimiento de nosotros, lo suficientemente completo para inducirnos a realizar las acciones que ellas deseen, creándonos la ilusión de que lo hacemos por propia voluntad.

Claro que desde hace años sabemos que somos espiados por la red, últimamente se ha hecho evidente la circunstancia con los contratos de uso que WhatsApp le está haciendo firmar a los usuarios, pero muchos dicen que eso no tiene importancia, que no tienen nada que ocultar y sus acciones siempre son cristalinas.

Decir que no nos importa que Google, Facebook, Amazon, Windows y demás gigantes de la Web, así como los servidores de servicios telefónicos y de Internet al igual que el Gobierno sepan que páginas de la Red visitamos en que gastamos nuestro dinero, cuáles son los alimentos, que enfermedades padecemos etcétera no, no nos importa, es como afirmar que no nos interesa la libertad de expresión porque no tenemos nada que decir.

No tenemos nada que ocultar, es cierto, ¿pero eso le da derecho a las grandes empresas para que nos manipulen?

Los datos que nosotros dejamos en internet, y de los cuales hablamos en un artículo anterior son tan valiosos, que muchas empresas, algunas de ellas entre las mas poderosas del mundo, se han hecho ricas y casi omnipotentes vendiéndolos.

La vigilancia

Cuando comenzó la pandemia Bill Gates una de las personas que mejor conoce y domina este universo, hizo dos recomendaciones: La primera, que teníamos que vacunarnos todos y destinó buena parte de los recursos de su fundación para investigar y producir una vacuna que, por primera vez en la historia, llega a tiempo para combatir la nueva epidemia.

La segunda, sobre la cual echó pie atrás por la reacción en contra que hubo de inmediato, era que nos debían inocular un chip para, en caso de enfermarnos, las autoridades supieran con quienes nos relacionamos para así poder localizar los focos de infección y las personas que posiblemente llegáramos a infectar.

Sobra señalar que la imposición de un chip que le permita saber al gobierno donde estamos, que hacemos y con quienes nos relacionamos, sería el sueño dorado del cualquier dictadura; ya lo están haciendo con animales y ciertas comunidades (presos, ancianos, víctimas de ciertas enfermedades) Aunque no sobra decir que el control poblacional está en manos de empresas cuyos directivos ni conocemos, ni hemos elegido y mucho menos autorizado para que “nos vendan” a mercaderes de mercancías, servicios o votos.

No nos inocularon ningún chip, pero en muchos países la población fue inducida a instalar en sus teléfonos programas de geolocalización que, por cierto, no era necesario: La compañías telefónicas saben en todo momento en donde estamos y con quienes nos relacionamos, incluso cuando tenemos los teléfonos apagados deducen que estamos durmiendo y con quien. Y si lo apagamos a una hora no acostumbrada y hay mas celulares apagados en el mismo sitio, deducen que nos encontramos en una reunión de la que no queremos que se sepa.

Están en mora los periodistas de aliarse con empresas que les pueden decir, por los celulares, por ejemplo cuántas personas acudieron a una manifestación y las autoridades del todo el mundo han “cazado” criminales espiando sus llamadas telefónicas.

En resumen: somos víctimas de la hipervigilancia electrónica.

¿Seguridad o libertad?

Cuando el atentado del 11 de Septiembre se implementaron en los aeropuertos de todo el mundo ciertas medidas que afectaban nuestra libertad tales como la identificación por videocámaras, la prohibición de viajar a ciertos países y que los nacionales de otros ingresen.

Medidas como esa violan nuestra privacidad y, sin embargo, prevalecen y nadie -al menos importante- se ha atrevido a cuestionarlas.

Es más, estas técnicas de reconocimiento facial ya vienen incorporadas a las videocámaras y permiten a los grandes almacenes, no solo identificar a los ladrones, aunque usen gafas y pelucas, sino saber que ha comprado cada cliente, el consumo promedio, los gustos y preferencias de su clientela y un gran número de datos  fundamentales para mercaderistas, publicistas y grandes empresas interesadas en conocer la actitud de los consumidores sobre sus productos.

¿Quién nos garantiza que las medidas tomadas a raíz de la pandemia no perdurarán una vez haya pasado?

La prohibición de las aglomeraciones y la movilidad, el uso extensivo del alcohol y otros bactericidas y el temor a participar en espectáculos públicos, perdurarán, como ya aumento en mas de una cuarta parte el uso del dinero plástico sobre el tradicional, y el saludo de mano es probable que deje de emplearse con desconocidos.

Y es que los gobiernos, mas exactamente, los políticos, literalmente “mueren” por tener el control de sus posibles electores y saben muy bien que el temor es una de las motivaciones mas importantes para el ser humano: por temor a los atentados terroristas aceptamos que hayan cámaras que nos graven y nos identifiquen, y estas cámaras ya funcionan por millones en la China, el país con mayor videovigilancia en el mundo, alimentando un sistema que gratifica o castiga a cada ciudadano según su comportamiento cívico.

Es mas: ya se han desarrollado programas capaces de precaver la comisión de delitos indicando autores y sitios probables.

La mascarilla

A la mayoría le ha pasado inadvertida la importancia del uso de la mascarilla. Olvidan que, en su origen en los carnavales, los bailes de máscaras permitían que la gente diera rienda suelta a sus deseos, prescindiera de sus inhibiciones, escudada en el artilugio que ocultaba su rostro.

En el medio oriente el uso del velo que oculta la cara de las mujeres es un elemento de dominio porque las despersonaliza. Recuérdese que, en Europa, antes de la pandemia, se dictaron medidas prohibiendo a las naturales de ese país ocultar su rostro. Entre nosotros, miramos con reproche a las personas que no llevan mascarilla o no la utilizan en la debida forma; la mascarilla es casi un distintivo entre “los buenos y los malos”, pero al mismo tiempo olvidamos que nos resta personalidad, que nos uniforma. En el colegio o en las escuelas militares pasamos a segundo plano a favor de la entidad cuyos distintivos llevamos.

Pero, lo mas importante como ya lo dijimos, es que hay unas gigantescas multinacionales que literalmente saben de nosotros mas que nosotros mismos, que ya en centenares de países han intervenido ilegítimamente las elecciones haciéndonos votar, como en nuestro caso, no por alguien sino por temor a  alguien o a algo.

Primero votamos contra Tirofijo, contra la guerrilla, y elegimos media docena de presidentes incluyendo a Alvaro  Uribe. De ahí en adelante, por dos períodos consecutivos hemos votado “por el que dijo Uribe” y lo mas probable es que en las próximas elecciones votemos no por un candidato, sino contra otro candidato o con el temor a que al país se lo tome la guerrilla, los venezolanos, Nicolás Maduro o el Sagrado Corazón.

Hay otro elemento que también mueve multitudes: la sensación de culpa. Eso bien lo sabe la Santa Madre Iglesia, con el sagrado sacramento de la confesión, el propósito de enmienda y la concebida penitencia.

Ya estamos viendo como en los noticieros se culpa a los manifestantes, no de contaminarse del coronavirus, sino de llevar la enfermedad a sus seres queridos.

El hecho es que el coronavirus, a escala mundial, hasta el 2 de junio de 2021, ha enfermado 170.1 millones en 258 países y territorios en el mundo, y matado a 3,538 083 personas. Uno de  cada diez humanos es afectado.

Por la pandemia, en 124 países, 2.200 millones de estudiantes han tenido que interrumpir su instrucción, la actividad cultural y recreativa se paralizó: no mas conciertos ni recitales, exposiciones de pinturas, ni espectáculos deportivos

Desde el punto de vista socio económico, esta es la peor crisis que en toda la historia, porque el PIB cayó un 7.7% solo en el 2020, la pobreza extrema afecta a 13 de cada cien personas y la tasa de pobreza, engrosada por la llamada clase media, afecta casi a cuatro de cada diez humanos, regresándonos a la situación en que nos encontrábamos hace 20 años.

Por el contrario, las grandes fortunas, el patrimonio de menos del uno por ciento de la humanidad, se incrementó en 24% en el 2020.

Mientras las organizaciones mundiales pedían que las vacunas fueran patrimonio de la humanidad y no propiedad de ciertos laboratorios, los Estados Unidos y la Unión Europea se opusieron: 14países acapararon casi la mitad de la producción mundial de vacunas -casi el triple de lo que necesitan, y en estos momentos hay 123 países en el mundo donde ni siquiera han podido iniciar la vacunación, a pesar de ser conscientes de que solo se alcanzará la inmunidad mediante una vacunación masiva.

Esa y otras enseñanzas nos ha dejado el coronavirus y, lo mas importante, la sensación irremediable de pánico ante la posibilidad de que surja otra pandemia, real o inventada de la cual se valdrían para afinar sus eficaces instrumentos virtuales de manipulación.

Si piensas, eres libre

Este artículo no se ha escrito con el propósito de asustar a la gente y mucho menos inducirlos a asumir la actitud del rebaño.

Todo lo contrario: tú puedes ser mas libre y mas independiente solamente tomando conciencia de ti mismo: los gobiernos, con sus aliados los medios de comunicación nos bombardean con mensajes induciéndonos a acatar todas sus medidas.

La mayoría son convenientes, pero otras están destinadas a sojuzgarnos.

Una cosa es informarnos y otra formarnos. Para formarnos debidamente es necesario atender lo que nos dicen las diversas fuentes, en especial aquellas que aparentemente tienen una ideología diferente a la nuestra; debemos dudar de todo lo que nos dicen y tomarnos el tiempo para analizarlo, aprender a distinguir entre la propaganda y los hechos, y tener nuestro propio criterio para analizar todos y cada uno de los hechos.

Es difícil, conlleva tiempo, trabajo y sobre todo cerebro. Pero los resultados son magníficos.

En la medida en que seamos capaces de diferenciar la paja del grano, de analizar los hechos, de pensar por nosotros mismos, en esa medida seremos libres.

No es tan difícil: tienes en tus manos el instrumento adecuado  que, así como te ha permitido leer este artículo, te llevara a conocer otros mas útiles y mejores.

Finalmente, estar conscientes de que si la Internet os ha traído irrefutables ventajas, también hay perjuicios si nos descuidamos. Antes éramos capaces de realizar pequeñas operaciones aritméticas, sabíamos de memoria los números telefónicos y direcciones de familiares y amigos, ahora le hemos dejando eso al teléfono. Entre mas inteligente sea nuestro teléfono, menos lo somos nosotros.

Séneca decía que el querer sanarnos era el mejor remedio para la salud.

(*) Periodista colombiano, colaborador de Nuevas Miradas

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