16 septiembre, 2021

“Mi experiencia en la guerra de El Salvador fue arriesgada, los periodistas visuales estamos donde está la foto”

Nuevas Miradas ofrece cada domingo, extractos del libro “Espérenme: Historias Verdaderas de Guerra, Amor y Rock & Roll” o memorias del fotoperiodista Bill Gentile, como la coronación de una fructífera y actualizada carrera que no la dejó llevar por lo tradicional y que al contrario, se ha reinventado. “Espero que las historias sirvan para evitar que los nicas vuelven a pelear entre ellos mismos. Espero que la guerra no vuelve a ocurrir en Nicaragua. Nunca. Jamás.”

En esta publicación de la revista Newsweek de noviembre de 1989 hay una imagen que hice de la lucha callejera entre las tropas salvadoreñas (arriba en el centro) y las guerrillas antigubernamentales.

Extracto (*)

SAN SALVADOR, El Salvador, 1989 – Nunca me gustó El Salvador. Había extraído demasiada sangre de demasiadas personas y muchas de sus víctimas eran mis amigos y colegas.

Un país pequeño y superpoblado, El Salvador tenía una sensación siniestra y amenazante al respecto.

Los escuadrones de la muerte merodeaban por las calles por la noche y familiares frenéticos y desconsolados recorrían los vertederos de la ciudad cada mañana en una búsqueda desesperada para sus seres queridos.
Incluso la Catedral Metropolitana de la capital, San Salvador, me inquietaba. Sus muros interiores eran de hormigón sin terminar, lo que le daba al lugar un aire frío, cavernoso y medieval. El exterior gris no tenía gracia y no se parecía en nada a “la casa de Dios” donde mis padres inmigrantes italianos me llevaban a misa todos los domingos cuando era niño.

El arzobispo Óscar Arnulfo Romero se había negado a invertir en la remodelación de la catedral, argumentando que el dinero podría gastarse mejor en ayudar a los pobres. Así que dirigió la misa dominical en la cercana Basílica del Sagrado Corazón. Fue durante un sermón dominical en la Basílica que ordenó a las fuerzas armadas que “detuvieran la represión”. Hoy conocido como San Óscar Romero, fue asesinado el 24 de marzo de 1980 y canonizado en 2018.

Pasé mucho tiempo en El Salvador cubriendo la guerra civil y las elecciones allí. Tenía que hacerlo.

El Salvador no solo era parte de mi área de cobertura inmediata, sino que estaba vinculado orgánicamente a Nicaragua. De hecho, todos los países de Centroamérica estaban vinculados a otros de la región. Casi nada sucedió en un país sin afectar a otros: armas, campos de entrenamiento, combatientes, espías, refugiados, heridos y, eventualmente, cocaína.
Cada vez que viajaba a El Salvador, mi estómago se apretaba desde el momento en que aterrizaba en la pista del aeropuerto hasta el momento en que estaba en un vuelo de salida que salía del espacio aéreo salvadoreño y le pedía a la azafata otro vaso de casi cualquier cosa con alcohol.
Cubrir el conflicto en El Salvador fue extremadamente arriesgado. Una cosa es estar incrustado con los sandinistas o con los contras antisandinistas. Cualquiera de los lados me protegió precisamente porque estaba incrustado con ellos. Se protegen a sí mismos lo mejor que pueden y, al hacerlo, también me protegen a mí. Otra cosa es llegar a un tiroteo en curso e insertarme lo suficientemente profundo en la pelea para crear imágenes poderosas.
Y eso es exactamente lo que hice. El Salvador era tan pequeño y el conflicto tan omnipresente que, después de escuchar un informe de radio sobre peleas en casi cualquier rincón del país, pude subirme a un taxi y arrastrarme de culo (nalgas) por la carretera para cubrirlo.

A diferencia de los corresponsales impresos que pueden hacer su trabajo a distancia o haciendo un seguimiento después de un evento importante, los periodistas visuales deben estar en el lugar y a tiempo cuando y donde la mierda realmente está golpeando al fan. Porque ahí es donde están las fotos.

(*) Este extracto es uno de una serie que precede al lanzamiento de mis próximas memorias. El libro se llama: “Espérenme: Historias Verdaderas de Guerra, Amor y Rock & Roll”

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