18 mayo, 2021

Claudia, la mujer que cautivó a Bill Gentile en Nicaragua y su viaje a Masachapa

Nuevas Miradas ofrece cada domingo, extractos del libro “Espérenme: Historias Verdaderas de Guerra, Amor y Rock & Roll” o memorias del fotoperiodista Bill Gentile, como la coronación de una fructífera y actualizada carrera que no la dejó llevar por lo tradicional y que al contrario, se ha reinventado. “Espero que las historias sirvan para evitar que los nicas vuelven a pelear entre ellos mismos. Espero que la guerra no vuelve a ocurrir en Nicaragua. Nunca. Jamás.”

En la foto, el carnet que el diario Barricada, en su versión internacional, extendió a Claudia Baca en 1987.

Extracto (*)

MASACHAPA, Nicaragua – Teníamos una hielera llena de cervezas frías, entre los asientos de cubo. Normalmente llevamos pan, queso y fruta. Había montado un gran sistema de sonido con enormes altavoces en la parte trasera de mi vehículo, una camioneta todo terreno marca International Harvester Scout del año 1969 que subía por las colinas y rodeaba las curvas hasta que llegamos a nuestro destino en el borde del hemisferio occidental.

Jackson Browne, Bob Seger, The Pointer Sisters, Phil Collins, Bruce Springsteen, Bob Dylan, Dire Straits, The Cars, The Who, los Rolling Stones y otros nos regalaban una serenata en el camino.

Masachapa era, en ese momento, un pueblo prístino (primitivo) en la costa del Pacífico de Nicaragua, habitado por pescadores que se ganaban la vida en el mar abierto en destartaladas lanchas a motor fuera de borda en las que tú y yo no cruzaríamos un estanque.

El pueblo fue construido justo al lado del agua, al borde donde poderosas olas golpeaban la arena oscura y volcánica.

A lo largo de la playa había cabañas privadas, o cabañas de playa, separadas por cercas de bambú. Las cabañas estaban hechas de listones de madera toscamente tallados con techos de zinc corrugado. No hay baños interiores ni suministro de agua interior.

El padre de Claudia, el doctor Alberto Baca Navas, era dueño de una de las chozas, que era donde Claudia y yo nos alojaríamos. Había un “restaurante”, si se le puede llamar así. Un asunto muy informal, a solo unos metros de la orilla del agua.

Masachapa está a 90 minutos de nuestra casa en Managua y fue aquí donde Claudia y yo vinimos a escapar, a ser uno. Para celebrar nuestras vidas juntos. Claudia trabajaba para Barricada Internacional, la versión en inglés del periódico oficial de los sandinistas, así que ambos vinimos a Masachapa para romper la rutina de cubrir el asalto liderado por Estados Unidos a su país.

Siempre me despertaba antes que ella, me dirigía a la playa a tiempo para vislumbrar el amanecer y dar la bienvenida a los pescadores cuando llegaban a la orilla con su pesca. Fue entonces cuando seleccioné uno de los pescados para nuestro almuerzo.

Claudia. Me había fijado en ella durante los últimos días de la ofensiva sandinista de 1979. Era diminuta, de piel clara y bien formada, con ojos oscuros detrás de los párpados que parecían moverse en cámara lenta cuando los abría o cerraba.

Me recordaron un cuento de Navidad animado de hace mucho tiempo en el que un reno de largas pestañas parpadeaba tímidamente. Tenía un comportamiento decidido. Tenía 19 años. Ella se movía por el hotel con su padre, cuya piel aceitunada y cabello lacio y negro revelaba que sus venas estaban llenas de sangre indígena de sus antepasados a quienes Cristóbal Colón encontró cuando tropezó con el llamado Nuevo Mundo unos 500 años antes.

(*) Este extracto es uno de una serie que precede al lanzamiento de mis próximas memorias. El libro se llama: “Espérenme: Historias Verdaderas de Guerra, Amor y Rock & Roll”

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