5 agosto, 2021

Jóvenes de abril, una reedición de luchas históricas pero los predestinados son otros

Sergio Simpson

Algunos aseveran que los jóvenes, por su edad y participación en protestas, son los únicos con capacidad de crear un nuevo sistema político en Nicaragua, que los viejos, por su pasado, carecen de conocimientos para contribuir a erradicar las deficiencias de la sociedad.

Los nicaragüenses son producto de una cultura común, de violencia y caudillismo, salvo ciertas personas educadas desde infantes para pensar y actuar antagónicamente y otras que la desechan por experiencias vividas.

A finales de los años cincuenta del siglo XX, jóvenes universitarios iniciaron manifestaciones demandando democracia, libertad para presos políticos, y la dictadura de aquel entonces los golpeó, encarceló, torturó, asesinó. Varios grupos inspirados y armados por la revolución cubana eligieron la lucha de guerra de guerrillas.

Cientos de jóvenes murieron en combate por razones políticas, por sus ideales de libertad y justicia, contra la corrupción y el nepotismo, para que en Nicaragua se exterminara la dictadura, la reelección y la dinastía.

Fueron jóvenes la mayoría de quienes tomaron el poder en 1979, algunos con estudios académicos y otros con formación de cursos políticos militares y autodidactas; los jefes guerrilleros, los mandos del ejército y policía, los dirigentes del estado partido, los ministros, los que pelearon en la guerra de los años ochenta: contras y sandinistas.

Un joven rebelde, exprisionero político, se ha hecho viejo en el poder, cuarenta y dos años mandando una facción de la sociedad que no representa a la mayoría y acarrea las concepciones de la anterior generación.

Lo más relevante no es si son jóvenes o viejos, sino que han hecho del poder político un instrumento para beneficio personal, del cargo la oportunidad para rodearse de cortesanos y sostener el tráfico de influencia, aferrados a perpetuarse, gozar de inmunidad e impunidad.

Viejos y jóvenes han coincidido en su concepción de poder y relaciones verticales. Personas humildes y eficientes, por tanto, afables y honradas, pensantes, es lo que necesita el país para cambiar el sistema.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!