18 septiembre, 2021

“No podemos permitir que una minoría, la nueva oligarquía con el gran capital, ensombrezcan el futuro de Nicaragua”

Oscar-René Vargas

“Hay que estudiar al pasado como si fuera presente y al presente como si fuera pasado”.

Marc Bloch.

Estudiar el pasado como presente significa ponerse en el lugar en que ocurrieron determinados hechos interpretando a sus actores de acuerdo con el tiempo en que vivieron. Estudiar al presente como pasado significa por su parte, tomar cierta distancia respecto de hechos que están ocurriendo.

Luego, investigar si entre ellos existe alguna articulación a fin de dilucidar si estamos o no frente a esas cadenas relacionales a las que los historiadores denominan “procesos”. Observamos que permanecen las formas tradicionales para resolver conflictos: pactos, acuerdos, arreglos de cúpulas. Intolerancia frente a quienes no piensan igual. Fascinación por la violencia. Eso es precisamente lo que hemos tratado de presentar de forma transparente con mis escritos respecto a los acontecimientos de Nicaragua de los últimos años.

El pacto de 1938-1939 entre Carlos Cuadra Pasos y Anastasio Somoza García, apoyado por los poderes fácticos (gran capital, iglesia católica, ejército, etcétera) permitió el nacimiento y la consolidación de la dictadura somocista. El pacto 2007-2009, entre Daniel Ortega y el gran capital dio origen a la creación del actual régimen dictatorial.

Por el pacto de 1950, entre Emiliano Chamorro y Anastasio Somoza García, con el beneplácito del gran capital, la iglesia católica y el ejército de la época, se accedió al “somocismo con Somoza”, lo que dio inicio un “maridaje” entre el capital de origen conservador, liberal y el naciente capital “somocista” construido al amparo de la dictadura.

Con el pacto de 1971 entre Fernando Agüero Rocha y Anastasio Somoza Debayle con el apoyo de todos los poderes fácticos, algunos políticos tradicionales pensaron, ilusamente, que se podía iniciar una etapa de “somocismo sin Somoza”. Actualmente, ambos escenarios “orteguismo con Ortega” y “orteguismo sin Ortega” están en la agenda política de los poderes fácticos.

Todos los hechos políticos anteriores nos permiten llegar a la conclusión que la “realpolitik” ha sido la política implementada por los poderes fácticos que se rige no por teorías sino por intereses concretos y operadores de los grupos de poder; es decir, esa estrategia política pragmática siempre termina prevaleciendo sobre de las demandas básicas y necesidades estratégicas de la sociedad.

La corrupción enloda a las elites, ya no hace falta una lupa para verlas. La corrupción en la clase política no es nueva, presente desde el pasado. Conflictos de intereses, nepotismo, empleos fantasmas en el servicio público, malversación de fondos públicos, falsificación documental, fraude fiscal, tráfico de influencia, falsedad, son prácticas habituales que muestran las deficiencias del sistema político autoritario pasado y presente.

Otra característica que permanece de la cultura política es el deseo desmedido de continuar en el poder de manera indefinida. Muchos miembros de la “nueva y vieja oligarquía” intentan descalificar a los críticos de las políticas actuales, pero nadie es tonto, de tanto que tratan de desautorizarlos, los miembros de la “nueva y vieja oligarquía” lucen arrogantes, soberbios, sordos, ciegos y prepotentes.

La alianza de la “nueva oligarquía” con “vieja oligarquía” demuestra que únicamente desean el poder para lucrarse y no para servir al pueblo; igual que en el pasado, la falta de una oposición verdadera y progresista les permite seguir haciendo lo que se les viene en gana mientras la población empobrecida soporta tanta corrupción que nos tienen, a la gran mayoría de la población, hambreados, sin empleo, pobres y sin esperanzas.

El problema histórico de los “políticos tradicionales” es que: no atienden los problemas más sentidos de la población, no escuchan los reclamos de los abusos de las autoridades, no ven la destrucción del medio ambiente, no hacen caso a nada. Al parecer son autistas.

Periodistas y medios de comunicación difunden una propaganda corrosiva y una desinformación que pretende despojar al pueblo de toda capacidad de acción política y favorecer el politicidio interno del régimen. Su “realpolitik” reaccionaria está obsesionada con la “política del poder”, antidemocrática, autoritaria de arriba abajo. El objetivo del poder es eclipsar al pueblo a base de desinformación para ocultar la verdad.

Al régimen le fascina implementar la política como espectáculo lo que contribuye al éxito del autoritarismo. No podemos seguir permitiendo que una minoría, la alianza de la nueva oligarquía con el gran capital, ensombrezca el futuro de Nicaragua.

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