16 octubre, 2021

De la mano por el santuario dariano, la herencia del doctor Edgardo Buitrago en León

Milena Montoya

Si el león adolorido que le llora eternamente a Darío bajo los pies del Apóstol Pablo, en la catedral de León, pudiera ver con sus pupilas de roca el hogar de ese príncipe cuando era un niño, se reconfortaría de su eterno llanto y se dedicara a resguardar con su fuerte rugir las puertas de esta casa.

Si en vez de llevar flores todos los 6 de febrero a la tumba en la catedral, le dieran una visita al hogar del poeta niño, se mantendría con vida este monumento arquitectónico, histórico y cultural, como es el Museo Archivo Rubén Darío.

Las casas leonesas tienen un distintivo particular, la pared gruesa de adobe, el techo entejado y alto, las vigas de madera antigua a la vista. Cada detalle es un momento y cada rincón un lugar a preservar.

La típica casa esquinera leonesa

El museo es una típica casa esquinera, cuenta con una verja grande que permite ver desde la calle el interior del salón de las tertulias. Esa verja es como un portal que invita a los transeúntes a vislumbrar lo que hay en el interior y que sin descanso les susurra una historia que solo dentro podemos oír.

En la casa está el patio central, rodeado de largos pasillos con paredes color crema y ladrillos de barro rojo. Darío habitó esta casa desde los 40 días de nacido hasta sus 14 años, criado por su tía abuela Bernarda Sarmiento.

En la primera sala del museo están los aposentos, una habitación no tan grande con dos camas de madera y copete y un ropero del siglo XIX, todos los muebles pintados del mismo tono betún y que juegan entre ellos una conexión indiscutible. Noé Ulloa, el guía de esta travesía relata que una de estas camas es una réplica, pero que la segunda es exactamente la misma cama donde Rubén Darío daría su último aliento de vida y dejará en el luto a toda una ciudad.

El regalo de Amado Nervo

En una pequeña caja de cristal, que a su vez está colocada en una base de hierro, colgando en su interior un crucifijo pequeño color negro y dorado. Este símbolo perteneció a Darío y le fue obsequiado por el poeta mexicano Amado Nervo. Con este crucifijo en sus manos es que Darío fallece a los 49 años un 6 de febrero de 1916. Dentro de la misma habitación de Bernarda Sarmiento, en una esquina, casi a la par de la entrada, están máscaras de yeso protegidas en una urna de cristal. Estas preservan el semblante del rostro del poeta justo después de fallecer.

Alfonso Cortés, un habitante de lujo

Desde afuera de la habitación de Bernarda Sarmiento están unas verjas largas y torcidas y que por medio de ellas se ve el interior del cuarto. El aspecto es tétrico a simple vista por las torceduras contundentes en los barrotes de hierro. Es difícil pensar que esto lo provocó la fuerza humana y no una bestia gigante, pero la realidad siempre supera la ficción. Años antes de fallecer Darío la casa se da en alquiler y fue en ese tiempo que habitó en ella el poeta Alfonso Cortés.

Cortés a partir de sus 34 años comienza a padecer de ataques esquizofrénicos, los que lo acompañarían por el resto de su vida. Cuentan sus familiares que en este mismo cuarto era encadenado de pies y manos durante sus crisis y el mismo torció esos barrotes durante los ataques. Hoy se conservan los mismos barrotes como memoria de su vida.

Alfonso Cortés pasaba mucho tiempo encerrado en esta casa. En la tercera sala del museo hay una ventana con forma elíptica y unas gradas donde es posible sentarse. Ahora esa ventana está resguardada con unas cadenas para que los visitantes no se acerquen tanto.

De Un detalle a Ventana

Cuenta la tradición que inspirado en esa ventana Alfonso Cortés escribiría el poema “Un detalle”, donde expresa desde su encierro lo que es ver tan solo un pedazo de cielo, un pedazo de realidad. Más adelante, el poema fuera retitulado por José Coronel Urtecho como “Ventana”.

El salón de las tertulias

La segunda sala de la casa está justo en la esquina de la construcción y por ello tiene esa forma particular en forma de pico. Desde dentro se observa lo que ahora es el Colegio La Salle. El salón cuenta con sillas antiguas, de madera y las paredes están llenas de cuadros con fotografías antiguas de familiares de Darío, sus padres biológicos, sus tíos y también de sus dos esposas: Rafaela Contreras y Rosario Murillo. También está la fotografía de la que fuese el último amor de Rubén, Francisca Sánchez, a quien él llamaba princesa Paca.

Cuando Darío era un niño, a esta sala llegaban personas letradas y personajes de la ciudad a conversar y discutir temas de interés. Hoy es una sala vacía pero aún las paredes y las verjas parecen replicar esas discusiones. A un lado del salón se encuentra el diván en el que el poeta fue trasladado enfermo desde Guatemala al puerto de Corinto. Es un sofá cama color café, desgastado por los años y algo polvoriento por el típico ambiente de la ciudad de León, donde la siembra de maní provoca fuertes erosiones que en algún momento entran ferozmente por los barrotes de las verjas de hierro.

Manuscritos que evocan las manos del poeta

El tercer salón es un santuario completo a la obra literaria del Príncipe de las Letras Castellanas. Ahí hay exhibidores de cristal llenos de hojas sueltas, que son nada más que las copias de los textos originales escritos a mano por Darío. Aún en esa letra cursiva parecen moverse sus manos prodigiosas ágilmente sobre el papel. Tantos elementos en un mismo lugar, aunque estén todos ordenados y colocados con un orden lógico. Se ven libros y álbumes con encuadernados frágiles y cartas escritas o recibidas por Rubén. El museo también conserva obras artísticas que han sido inspiradas en la obra de Darío, o bien retratos y esculturas de él.

El traje de Darío diplomático

En la siguiente sala el ambiente es más oscuro porque no hay ventanas que iluminen el sitio, pero la luz proviene de una gran caja de cristal donde una figura porta un traje como napoleónico, de un azul de Prusia y tocados dorados, con hombreras de militar. El traje es tan particularmente famoso que inmediatamente se asocia con Rubén Darío. Este traje es el que el poeta usó en España, ante el rey Alfonso XVIII cuando fue nombrado embajador de Nicaragua en ese país. Hoy podemos ver esta pieza original junto a sus accesorios: el pañuelo, el sombrero, el guante y el espadín.

Un santuario para la investigación dariana

La última sala de la casa es la biblioteca donde además de conservarse libros sobre Rubén Darío, hay otras obras de/sobre otros poetas. Esta biblioteca recibe a todos quienes deseen consultarla y también a todos los investigadores que quieran aportarle.

Hay tres grandes estantes repletos de obra dariana esperando que los consulten y dos mesas de madera en los corredores de la casa donde es posible sentarse a leer y ser asesorado. Las oficinas del museo siempre están trabajando en la investigación y publicación de obras inéditas de Rubén Darío, así como estudios y análisis de sus obras.

Este museo es sede todos los años del simposio dariano, en el que se conmemora el natalicio y paso a la inmortalidad del Príncipe de las Letras Castellanas. También aquí se realizan conversatorios, charlas, presentaciones de libros y exposiciones siempre abiertos al público leonés y todo aquel que desee visitarlo.

La obra más preciada de Edgardo Buitrago

Este museo fue fundado el 8 de febrero de 1964 por el doctor Edgardo Buitrago Buitrago, descendiente de destacados profesionales del Derecho, heredó de ellos no solo la profesión, también la virtud del estudio y la iniciativa de crear cosas nuevas. Sin duda su principal logro y al que dedicó gran parte de su vida fue el Museo Archivo Rubén Darío. Francisco Arellano diría de él: “La cátedra fue su gloria, los estudiantes algo así como sus hijos y la Universidad como su hogar”.

Siendo diputado en 1960 logró que se aprobara la ley creadora del Museo y a partir de entonces trabajó junto con el doctor Mariano Fiallos Gil para convertirlo en el santuario de la obra dariana y en el mayor centro de conservación de elementos darianos.

Hoy el Museo tiene ya 56 años de estar funcionando y 11 años de haber perdido a su creador luego de un fulminante paro cardíaco. Hoy el pueblo leonés tiene como recuerdo y honra a su memoria este museo que representa el fruto de todo su esfuerzo. Hoy podemos recordar con esta casa a tres grandes leoneses: al príncipe de las letras castellanas, al poeta loco y al anciano de los lentes gruesos caminando por sus pasillos.

 

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