20 septiembre, 2021

La degradación teatral de la política nicaragüense

Archivo / NM

Oscar-René Vargas

El gobierno Ortega-Murillo ha sabido combinar los siguientes elementos: “política y dinero; dinero y poder; influencias y negocios; intereses y lealtades; perdón y olvido”. A través de ellos, el régimen ha logrado mantenerse en el poder autoritario hasta el 2021.

A partir de abril 2018, el régimen Ortega-Murillo es ávido de la fuerza represiva y con ella pretende realizar sus objetivos de conservar el poder. La consecución de ese fin implica una renuncia a sus principios originales y una alianza con las fuerzas militares, policiales y paramilitares.

El régimen juega con moneda dura y cartas frías, juega a la bola recia. La prueba de ello es la maniobra de meter y sacar de la cárcel a los ciudadanos “de a pie”. Quiere opositores marionetas, por eso la existencia de los partidos zancudos. Ortega-Murillo son idólatras, adoran su propia fama, su interés personal y el placer del poder.

La propaganda y la manipulación del régimen trata de anestesiar la memoria de los ciudadanos para conseguir perdón y olvido o, al menos, la condescendencia ante los ciudadanos “de a pie”.

Ortega-Murillo cree en la manipulación por encima del razonamiento, piensa que puede gobernar las conciencias mediante un culto permanente a la ignorancia. Trata de infantilizar a los ciudadanos “de a pie” y menosprecia la crítica porque piensan que la sociedad no sabe más que aclamar a sus demagogos.

A la menor discrepancia se reactiva el autoritarismo e intolerancia escondido bajo la superficie del régimen, la intolerancia política va desde el desprecio por las opiniones ajenas a la violencia verbal, los insultos, las mentiras, hasta llegar a la violencia física.

Estamos ante un régimen dominado por el maniqueísmo, donde procura que su verdad sea la única posible. Pero no tiene sustancia; su verdad se disipa tras su máscara de democrático. Su discurso político presenta enormes vacíos, huecos que son llenados por visiones autoritarias.

El deseo incontrolable del poder de parte de Ortega-Murillo los lleva a coaccionar a los “ciudadanos de a pie”, a no protestar por sus derechos constitucionales, lo que hace que el régimen autoritario parezca indigno, débil y patético.

El régimen habla de libertades, pero desprecian el derecho a la diferencia, a la libertad de pensamiento y a la disidencia. Prefiere el orden, el pensamiento único. Para Ortega-Murillo no existe sociedad abierta ni secularizada, sino masa dócil y creyente en sus dogmas políticos.

En amplios sectores de la población hay conciencia de que se vive un sainete político. La negociación política es una especie de simulacro de teatro, con actores de segundo y hasta de tercer orden. Con guiones conocidos. Lo que sorprende es el comportamiento de algunos políticos que deciden participar en este simulacro, farsa o degradación teatral de la política.

La política se teatralizó no solo para guardar el secreto de los intereses de las elites y apaciguar las pasiones de los “de abajo”, sino para convertir a los ciudadanos “de a pie” en simples espectadores del espectáculo de un orden que tiene como función principal ocultar las desigualdades sociales, la represión indiscriminada, la concentración de la riqueza, el asesinato de ciudadanos, la impunidad de los paramilitares y la dominación de las elites.

En el teatro del régimen Ortega-Murillo, los espectadores (los ciudadanos “de a pie”) están condenados a ver siempre la misma obra con el mismo actor y, lo que es peor aún, a fingir que ven la obra por primera vez o que ahora está mejor. La reiteración se convierte en un simulacro permanente; es decir, en un acto de hipocresía política por excelencia. En un régimen autoritario el poder solo cambia de envoltura y se concentra en pocas manos.

En contados casos, algunos grupos de espectadores buscarán subirse al escenario para participar de la obra de teatro, asumiendo diversos papeles; algunos limpiarán, después de la función, el escenario para que todo parezca nuevo; otros vigilarán para que ningún espectador intente moverse de su asiento y menos aún que abandone el teatro; mientras que otros buscarán perfeccionar la obra para darle un mayor tono de realismo y novedad; es decir, esconder el secreto de la reiteración y del simulacro, incorporando nuevos actores secundarios. Finalmente, unos pocos se atreverán a decir que esa obra es una farsa y que la compañía de actores, como la obra misma, debe ser cambiada.

Cuando esta reiteración o simulacro se da en una sociedad sacudida por apetencias de libertad, el resultado será una sociedad contorsionada, gesticulante, tanto de parte de los que integran el sistema, como de parte de quienes incurren en formas de desviación, muy variadas y de muy diferente intensidad. La sociedad se dividirá entre los que aplauden y los muestran su desencanto, entre los intelectuales que escriben loas, los que callan o los que critican.

Pero la compañía dueña del teatro y de la obra está interesada en que se repita, llenará de propaganda la vida de los espectadores (los ciudadanos “de a pie”) para lograr una nueva forma de disciplinamiento social y político. Así, paredes, edificios, postes, televisión, radio y periódicos, serán cubiertos por la propaganda de la obra. Donde se mire, ahí habrá un anuncio. Y si alguien intentara borrarla, se le golpeará porque está borrando una obra de arte del Estado autoritario.

El ciudadano “de a pie” convertido en espectador perpetuo no deberá pensar ni interpretar sino, más bien, caminar en un espacio de señales y símbolos reconocidos y puestos por el poder autoritario.

Cuando la política estatal autoritaria deviene propaganda, cumple una función que podemos llamar de “educativa”, nos enseña a ser tranquilos ciudadanos siguiendo los lineamientos de la vocería del gobierno. El objetivo de la propaganda es manipular las mentes de los demás para que apoyen al “hombre”, al “salvador”, al “líder único”. Una persona seducida por la propaganda se transforma en un peón leal a los intereses de la dictadura.

En la política implementada por el régimen Ortega-Murillo todo es una puesta en escena. Es decir, es una representación teatral donde los actores políticos juegan un papel determinado dentro de una historia, que al final de cuentas, resulta ser una farsa.

Todos los actores políticos tradicionales saben que el cambio es necesario, pero en lo más profundo de su ser se aferran al pasado. Al añorar el pasado, se abre una brecha por la cual éste, el pasado autoritario, puede volver a deslizarse. Desean un cambio superficial para que no trastoque los hábitos, rutinas y status quo de la política tradicional.

Cambiar de teatro, de la obra y de actores supone construir otro edificio, cambiar de guión y buscar nuevos actores entre los espectadores para ejecutar una nueva obra. Sólo así nuestro país puede tener futuro, de lo contrario nos hundiremos más.

 

 

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