18 septiembre, 2021

Análisis de Oscar René Vargas deja al descubierto quiénes y por qué son parte de la estrategia electoral de Ortega

Gráfico de Contrapeso.info /NM

Oscar René Vargas

La estrategia electoral de Ortega para reelegirse en noviembre 2021 se basa en los siguientes factores:

a). Una constante política represiva para desmoralizar a la población y lograr que la gran mayoría se abstenga. El régimen tratará de crear un ambiente para qué la población no se movilice para ir a votar a través del accionar de los paramilitares y las fuerzas de choque. La dictadura con la represión busca transformar a las grandes mayorías en fuerzas pasivas, neutrales y sometidas, En pocas palabras, estimular la abstención que les favorece.

b). Dividir el voto promoviendo la división de la oposición: promocionando a la Alianza de Derecha (Gran capital y CxL) y reprimiendo el liderazgo alternativo. El régimen sabe que con la Alianza de Derecha pueden llegar a acuerdos que beneficien a ambos. Hasta la fecha el gran capital ha procurado tratar a Ortega y a sus seguidores con delicadeza. La política hace extraños compañeros de cama.

c). Reformas electorales cosméticas que no garanticen la transparencia en el conteo de los votos ni la participación del voto de los nicaragüenses en el exterior. Por lo tanto, no habrá respeto a la legalidad, a la prensa libre y pureza en las elecciones. Ortega sabe que unas elecciones libres y transparentes no podría sobrevivir.

La negativa a realizar cambios en la ley electoral no es, como piensan algunos, una estrategia de negociación, es la estrategia de un fraude electoral en proceso de construcción. Ortega tiene el convencimiento que en un escenario político restringido, fraudulento y doloso, no tiene dudas sobre el resultado: la preservación de la dictadura.

El régimen Ortega-Murillo no soltará una sola concesión sin presión interna complementada por la presión externa y hará lo que sea necesario para quedarse en el poder porque hay muchísimo en juego, sobre todo, el capital de la familia presidencial, de los miembros de su círculo, de quienes le apoyan y de sus aliados. La batalla política actual de Ortega no es por una ideología, ni por una competencia entre modelos de gobierno, es por el dinero que atesora y todo lo que hay en juego.

De ahí el cinismo de sus compañeros de vieja (nueva y vieja oligarquía) quienes llevan meses o incluso años mirando hacia otra parte a cambio de prebendas. Para llegar hasta el 2021, Ortega ha requerido la connivencia o complicidad del gran capital, de los políticos tradicionales, de los zancudos y de múltiples aliados dentro y fuera del aparato del Estado, que ven en las elecciones de noviembre 2021 como una posibilidad de medrar o de obtener réditos a corto plazo.

Por el momento, ha sido trabajoso convencer a la dictadura y a sus aliados de que ya no tiene la misma base social, lo que representa probablemente una tarea difícil o imposible. Y, sobre todo, cuando las fuerzas que deberían realizar esta tarea, los poderes fácticos, están convencidas de que el sistema, el “populismo responsable”, que representa el régimen tiene remedio.

La idea de Arturo Cruz que Ortega representa un “populismo responsable” y que es igual a un “liberalismo autoritario” tiene el objetivo de justificar la alianza del régimen dictatorial y su política económica favorable al gran capital. Esa alianza les otorga demasiadas atribuciones políticas y económicas a los jerarcas de los poderes fácticos.

En el escenario político nacional veo a un Estado en disputa que se va a definir en el plano político-económico en la negociación con Estados Unidos. La negociación del régimen con Estados Unidos es el condicionante de todo, no cabe duda, y define lo que ocurrirá en los próximos años.

El futuro del régimen se va a dirimir en tres planos, uno de esos planos es la lucha social. Si en los próximos meses el movimiento popular recupera sus fuerzas y vuelve actuar el régimen se debilitará y tendrá que actuar de manera diferente. El daño causado es enorme y el resentimiento de la población permanece en el subsuelo de la cotidianidad.

El segundo condicionante va ser clave para lo que haga el gobierno en su postura frente al gran capital. Lo que haga frente a la derecha empresarial va a ser muy importante, si es una actitud de conciliación o de ponerse firmes. Ortega sabe que la derecha empresarial no tiene el Ejército, no tiene un Poder Judicial y además enfrenta una crisis interna por la falta de liderazgo; por lo tanto, va a pedir su rendición a cambio de privilegios económicos. Creo que esta disputa oficialismo-derecha empresarial definirá el actuar del régimen de cara al proceso electoral del 2021.

Y el tercer factor determinante es el contexto internacional. Como nunca el escenario internacional definirá lo que va a pasar en el año 2021, ya que Nicaragua vive en una jaula geoestratégica, geopolítica y geoeconómica dependiente de los Estados Unidos. Mientras tanto, como consecuencia de la crisis política interna estadounidense, Ortega se dispone a ganar tiempo y limitar al máximo las concesiones a la oposición. En la lógica de Ortega es el momento de obtener cierta independencia de las presiones norteamericanas.

El régimen en alianza con los militares, policías y paramilitares tapan los accesos al poder por la vía electoral. Ortega ha llegado a la conclusión de que una sociedad arruinada por su gestión autoritaria la gran mayoría de la población nunca lo respaldara en unas elecciones transparentes. Ortega no piensa convocar a unas elecciones creíbles a menos que Estados Unidos, con la anuencia de Cuba, negocien un acuerdo a cambio de la anulación de las sanciones y compromisos geopolíticos de interés norteamericano.

Ortega es una persona autoritaria dispuesta a usar la violencia para alcanzar sus objetivos. Ceder ante Ortega no lo apacigua, solo lo anima a ir más lejos. Aprendió que podía abusar del poder con impunidad. El gran capital frente a la violencia y la represión desatada por Ortega suscitó algunos chasquidos de reprobación, pero no una resistencia activa.

Ortega tiene un débil compromiso con las reglas democráticas del juego político, su rechazo de toda legitimidad de los adversarios, su tolerancia hacia la violencia y su predisposición a restringir los derechos humanos de los rivales y de los críticos. El autócrata vulnera sistemáticamente las libertades, leyes y derechos establecidos en la Constitución Política. El autoritarismo del orteguismo viene de lejos pero también está entre los miembros del gran capital y desde hace muchos años.

El gran capital abdicó, aceptó la autoridad del dictador y cedió ante sus exigencias, esta renuncia se debió a la creencia errónea en que era posible controlar o dominar a una persona autoritaria y a la complicidad que le permitía coincidir con políticas públicas impresentables en aras de obtener ganancias extraordinarias. Ortega decimonónico, en nombre de la revolución, cercenó derechos y libertades y empobreció a la sociedad.

Para enfrentar el programa autoritario del régimen Ortega-Murillo, el único camino es la lucha por reivindicar los derechos democráticos consagrados en la Constitución Política. Desde la calle, desde las luchas populares en cualquier rincón del país, hay que mantener la exigencia del respeto a los derechos humanos, a los derechos laborales, por la independencia de los poderes públicos, por la abolición de la ley “guillotina”, la derogación de la ley de la privatización del agua y la ley contra el odio, etcétera; y enarbolar un plan de emergencia para enfrentar la crisis económica y la pandemia del Covid.

Queda la necesidad urgente de trabajar por la unidad de todos los que luchan contra la dictadura y en la conformación de un bloque de oposición mayoritario que, desde los movimientos sociales y desde la calle se constituya una política alternativa contra el régimen Ortega-Murillo. La labor de reconstrucción será ardua.

El hoyo cavado por Ortega-Murillo con la corrupción, la represión, los asesinatos y la violación sistemática de los derechos humanos se sigue profundizando. El rechazo político al régimen se ha convertido en repudio al emporio empresarial de la nueva oligarquía. La población ha resistido, aunque ha sufrido sacudidas, el fracaso ha sido de los políticos tradicionales y el gran capital que no han querido apoyar el derrocamiento de Ortega-Murillo por temor al movimiento popular y su contubernio con el régimen.

Es el momento de mirar más allá de Ortega-Murillo. Habrá que templar los liderazgos sociales, abandonar la demagogia, reformar las instituciones, combatir la corrupción y la impunidad. Se trata de situar la democracia como núcleo irradiador. Se trata de una apuesta estratégica. Tenemos la esperanza que la lucha social y la libertad siempre acaba por abrirse paso, el deseo humano de libertad es inquebrantable.

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