13 junio, 2021

La difícil convivencia de una chihuahua y una salchicha y los sollozos de la perrita “Lulú”

 

Guillermo Cortés Domínguez

Brillaba intensamente el sol la mañana en que nuestro amigo “El Chele” vino a nuestra casa en la Colonia del Periodista con un espléndido regalo: la perrita salchicha “Maga”, con apenas dos meses de nacida. Mi esposa Carolina al instante se enamoró de ella. Estábamos contentos, no sospechábamos la tormenta que se avecinaba, porque la recién llegada le causaría un brutal impacto emocional a “Lulú”, nuestra chihuahua de seis años y medio.

No teníamos ni la más remota idea de lo que sucedería, aunque ese mismo día “Lulú” no disimuló su descontento con la recién llegada, después que se le pasaron unas fugaces muestras de instinto maternal que le inspiró la pequeñita, aunque “Maga” ya era tan larga como ella, pero más baja y de una contextura más fuerte, como esas personas a las que les decimos “requenetas”.

¿Reacciones naturales?

“Maga” se le quería acercar, pero “Lulú” le respondía con rápidos tarascos que ponían en retirada a la pequeña, la que no demostraba temor porque le parecía que eso era un juego, pues todo lo es a esa edad, pero no para la chihuahua que no quería absolutamente nada con ella y no lo ocultaba, al contrario, era evidente su enorme molestia ante la recién llegada, intrusa no bienvenida de ninguna manera.

El famoso “entrenador de perros”, desde un video en “YouTube” le dijo a mi esposa Carolina que esas desavenencias eran naturales, que la dueña y señora del reino de toda su vida se sentiría desplazada, se pondría agresiva y, al mismo tiempo, triste, pero que al cabo de unos tres meses comenzarían a llevarse mejor hasta lograr una relación de hermanas. Esto fue como un bálsamo para nuestras crecientes preocupaciones.

Celos enfermizos

Unos celos extremos le convirtieron su vida un infierno a “Lulú”. La menor cosita que le dijera mi esposa a “Maga”, era motivo de disgusto para la chichuaha, por lo que había que tener mucho cuidado en la comunicación. Sus celos eran enfermizos. Había que repartir proporcionalmente nuestras expresiones de cariño, sobre todo de Carolina, entre ambas. Ella les habla con una ternura conmovedora, pero a veces se le escapa una indudable preferencia que tiene por la recién llegada.

Una imitación de hueso que le compró Carolina a “Maga” dio lugar a una disputa de grandes proporciones entre ambas perritas. Ahí fallamos, debimos comprar un hueso para cada una. Cada vez que podía, “Lulú” tomaba por asalto el sofá donde se mantenía “Maga”, le robaba el hueso y se lo llevaba para un cojín que tiene debajo de la cama de nosotros. A veces, “Maga” recuperaba el hueso. Hasta que un día lo amarramos cerca del sofá, y ahí, en medio de disputas, estuvieron royéndolo un ratito cada una. Pero cuando le arrancaron un pedazo volvieron las ideas y venidas por el trozo de hueso hasta que se aburrieron de pelear.

El llanto de Lulú

Estábamos lejos de comprender el fenómeno que estaba ocurriendo hasta que un día, vi humedecidos, llenos de lágrimas, los ojitos de “Lulú”. Fue terrible. Fue una sensación dolorosa y devastadora. Me parecía mentira lo que se presentaba ante mis ojos. Jamás olvidaré esos ojitos anegados, profundamente tristes, brillantes de lágrimas, pero apagados de tristeza. Nuestra perrita querida estaba sufriendo. Tenía diez mil cuchillos lacerantes clavados en su alma. Padecía un martirio. Ella se sintió tan mal, que cayó en depresión. Se enfermó, casi no comía y permanecía acostada demasiado tiempo.

A los pocos días “Lulú” estaba anémica, deshidratada, y para remate contrajo una infección. La internamos durante una semana en la casa de una veterinaria amiga de mi esposa, donde se restableció gracias a los cuidados y contumerios de esta médica que la había tratado casi desde que nació. Los cuidados especiales continuaron en la casa.

También “Mimí” despreció a la recién llegada

Una de las primeras medidas que tomamos fue tratarlas absolutamente por igual. Hubiera sido muy malo para “Lulú” que viera o percibiera un trato preferencial para “Maga”, así que los cariñitos debían ser para ambas. Durante varios meses la chihuahua mantuvo a raya a la salchicha, quien infantil, se le acercaba queriendo jugar, pero invariablemente la otra le mostraba los dientes e intentaba morderla. Y la mordía.

Durante seis años y medio “Lulú” fue la única, solo compartía el territorio con “Mimí”, la gata negra y blanca de hermosa cola que actuaba como si fuera la madre de la chihuahua, pues le encantaba limpiarla con sus lengüetazos por todo su cuerpecito mientras ella disfrutaba como una señora de la burguesía financiera en una sofisticada sala de masajes.

Desde el primer día la felina mostró un profundo desprecio por “Maga”, a quien le enseñaba dientes y uñas y su espalda encorvada de pelos erizados, por lo que esta se mantenía a buen recaudo. Sobre todo, comenzó a moverse casi solo en las alturas. Estableció su cuartel general encima de un escritorio, lo más lejos posible del piso donde “Maga” se movilizaba activamente.

La llegada de “Maga” fue una intromisión monumental, lo cambió todo por completo, porque alguien que no existía, ahora estaba en la sala, en el sofá, correteaba por el piso de la casa y por el patio, entraba a nuestro cuarto, jugaba con una pelota luminosa y con un lagarto y un mono de peluche de la niñez de Celeste. Era insoportable para “Lulú”. Sufría mirando a esa bestia negra que había entrado a sus dominios.

La perseverancia de “Lulú”

Hacía un año que nuestra chihuahua se mantenía más tiempo en nuestro cuarto –donde dormía en un cojín bajo nuestra cama o con nosotros– que en la sala, donde acostumbraba subir a mis piernas y ella descansaba o dormía mientras con mi esposa veíamos series y películas, pero con la llegada de “Maga”, ella cambió, y volvió a estar más tiempo en la sala. No quería que la salchicha le robara el protagonismo.

“Lulú” ha tenido que hacer otros ajustes en su vida para adaptarse a la nueva situación. ¡Adaptarse o morir! Es impresionante su espíritu de lucha. Con el paso de los meses, “Lulú” fue permitiendo, poco a poco, que “Maga” se le acercara cada vez más hasta que comenzaron a jugar un poco rudamente. ¡Cómo han peleado estas perritas! Pero esos juegos y disputas las han ido hermanando.

Como sucede con toda tierna, proveímos a “Maga” de algunos juguetes, incluso de la infancia de Celeste, nuestra hija, que ahora tiene 24 años y que, desde el círculo polar ártico, emocionada sigue la marcha de los acontecimientos en el mundo de estas perritas y que ha convulsionado la vida en nuestra casa.

“Lulú” tenía muchos años de no tomar contacto con juguetes, pero ahora, ante las nuevas circunstancias, ella también comenzó a jugar. Nunca le han gustado los niños, ha sido como una vieja malhumorada y grosera, pero como una vecinita juega con “Maga”, ella también lo está haciendo. Qué esfuerzo, qué perseverancia, qué voluntad de “Lulú” en las nuevas condiciones que le ha deparado la vida.

La caminata

Una de las actividades preferidas de “Lulú” ha sido salir a caminar en la mañana. Durante un tiempo caminábamos cuatro kilómetros, pero después pareció cansarse y dábamos dos vueltas a la Colonia del Periodista y más tarde solo una. Se detenía en seco cuando llegábamos a la esquina de nuestra casa al culminar la primera vuelta y no daba un paso más sino era en dirección a nuestra vivienda.

Cuando “Maga” cumplió cinco meses y había completado sus vacunas, con autorización de la veterinaria se incorporó a la caminata, solo un kilómetro, y luego dos, entonces “Lulú” ya no puso reparos y desde entonces le damos dos vueltas a la Colonia y la chihuaha no ha manifestado ningún problema. Caminan juntas, ambas atadas a sus respectivas cuerdas, tan en orden, que parecieran haber pasado un entrenamiento. Es bonito verles el contraste, una café claro, casi “chela”, y la otra de un intenso azabache.

En vísperas de cumplir medio año de vida, “Maga” ha crecido mucho, es bajita, larguirucha y musculosa y con una cola delgada, corta y puntuda. Es “pati-corta cola de ratona”, dice mi esposa. Con todo su peso se abalanza sobre el cuello y el lomo de la chihuahua, que es una de las más pequeñas de su especie y para “Lulú” es como recibir el impacto de un tren en marcha. Pero no se arredra.

“Lulú” ha mostrado una fuerza de voluntad indoblegable que no le conocíamos. Ahora ella y “Maga” son amigas, pero no por ello han dejado de pelear, lo cual es parte de su vida cotidiana. He pensado que algunas personas se desmoronan ante los problemas, pero “Lulú” sacó de las profundidades de su pequeño cuerpo, de su cerebro, de su espíritu, unas fuerzas inmensas que le han permitido salir airosa de este gran desafío.

2 comentario en “La difícil convivencia de una chihuahua y una salchicha y los sollozos de la perrita “Lulú”

  1. La experiencia de convivir con un perro, si se plantea de manera correcta y responsable, resulta muy satisfactoria, por lo que hay familias que deciden ampliar la familia canina. Sin embargo, hay que tener cuidado con como se introduce en casa el nuevo perro para evitar problemas que hagan fracasar la experiencia. El primer paso es conocer como se relaciona el perro con otros congeneres. Y el segundo, instaurar y respetar una jerarquia correcta entre los animales, para que la convivencia sea fluida. Si los perros estan bien educados, s 0 abran que todas las personas del entorno familiar, incluidos los ninos, son dominantes con respecto a el. Es decir, el perro debe ocupar el ultimo lugar en la jerarquia familiar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!