18 septiembre, 2021

Es el momento de construir una convivencia humana diversa, tolerante e intercultural

Fotografía de Emaze / NM

Henry A. Petrie

Los modelos de sociedad han sido impuestos por quienes se han creído «iluminados» o dueños de la verdad absoluta; son los que han «enseñado» a los pueblos «salvajes o atrasados». ¿Los más fuertes son inteligentes y justos? ¿Los débiles son los brutos y conflictivos? La relación de poder, en este caso, no concibe integralmente la cooperación ni el intercambio, sino el empréstito.

Hay falacia cuando se habla de soberanía o independencia de los pueblos. Los modelos impuestos niegan la experiencia cultural autóctona, y la somete a sus valores. La independencia de los pueblos latinoamericanos fue una falacia, las estructuras de la colonia española permanecieron por un buen rato, solo para ser sustituidas por el otro imperio, el norteamericano. Y, aun así, lo español y occidental está entronizado en la formación cultural mestiza.

De una u otra forma, lo autóctono se ha resistido al recetario foráneo impuesto, creando su propia conciencia, la que siempre ha subsistido en el sustrato popular pese a las ideologías y regímenes políticos. El conflicto llega por el atropello sistemático, abierto o velado. En el fragmentarismo delimitante, las identidades se robustecen y reivindican su espacio e historia, pero desde una visión limitada, parcial, cerrada.

No equivoquemos lo autóctono con pureza. Nada es puro, ya se dijo. Vamos incorporando elementos y valores a nuestras formaciones humanas, estamos en movimiento perpetuo, así como el espacio-tiempo y la masa-energía en el Cosmos. Todo está en relación e interdependencia (Mahatma Gandhi, 1929), de lo contrario la unicidad y la autosuficiencia no fuesen posible.

A la fecha, todos los modelos sistémicos están en crisis. Ninguno puede levantar banderas de victoria; todos están confrontados a sus contradicciones y vacíos. La carrera por la supremacía continúa avivando la amenaza de hecatombe nuclear, ¿se reventará el hilo por algún error? Las élites oscuras se develan en sus propósitos de dominio y control de la humanidad. Ha llegado el momento de construir una convivencia humana diversa y tolerante, intercultural. El tiempo de entendimiento se agota en la competencia de las potencias; defender un modelo por otro cuando ambos están corroídos y fracasados, resulta politiquería despreciable.

Nuestras mentes han sido educadas para actuar en consonancia a esos modelos impuestos desde antes que naciéramos. Estos concentran las ideas y experiencias de otros-allá para que «ignorantes» o «atrasados» aquí, repliquen, sin valoración ni cuestionamiento alguno. Todo proyecto o modelo de sociedad debería ser el resultado de la deliberación ciudadana sin restricciones, de la interacción de los pensamientos e intereses diversos, de la interrelación dinámica de todos los factores de desarrollo, despojado de nacionalismo y dogma. La apertura es esencial para todo buen intercambio cultural equitativo.

Nicaragua no es independiente, tampoco debemos continuar siendo dependientes. Deberíamos concebir y formular mejor nuestro proyecto desde el principio de la interdependencia, porque es realista y sincero, lo que ha sido siempre y continuará siéndolo; las relaciones de cooperación, complementariedad, reciprocidad y de beneficio mutuo y equitativo, deberían ser los factores esenciales.

Nicaragua no debe continuar sujeta a modelos que la sometan o castren como nación (España, USA, Cuba, Rusia, ¿China?). La globalización está en su máxima coronaria y se profundizará aún más; la interconectividad de redes y la acción integrada de los sistemas internacionales será más determinante en la regulación de principios de convivencia planetaria; la familiaridad universal es una realidad que nos acerca y comunica; la generación de energía limpia global y el proceso constante de evolución tecnológica, dará paso a una nueva visión de civilización humana.

La interdependencia humana, de sus sociedades y naciones no implica negación de su singularidad, al contrario, se trata del establecimiento de relaciones recíprocas, de correspondencias equitativas en el marco de la gran convención universal de los derechos humanos y de todos los pueblos del mundo. Nacionalismo y patriotismo son conceptos que deben eliminarse, o en el peor de los casos, redimensionarse, porque siempre han respondido a una visión y estructura de poder (clase, etnia, religión, grupo económico, partido político) que manipula las emociones ciudadanas en defensa de sus intereses egoístas y apetitos concentradores de la riqueza.

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