25 septiembre, 2021

¿Quién es la Lupita, la abuela que le contaba historias pícaras a Henry Petrie?

Henry A. Petrie

¿Qué puedo decir yo de orígenes, cuando los míos son tan diversos?

Sé que mi verdadero origen está más allá de quienes me engendraron y me criaron, con quienes he pasado tiempo de vida y a quienes he procreado; pertenezco a varias historias y he sido un protagonista activo.

No existe una sola historia que nos constituya o edifique, como la vida misma estamos hechos con fragmentos de historias; en la amalgama del ente en que logramos erigirnos, éstos se expresan con determinada claridad.

Entrañamos raíces, sí. Raíces, no raíz. Aquí se contienen sustancias esenciales diversas. En nuestros engramas los signos culturales se interconectan, reconociéndose en las esquinas del mundo, por muy advenedizo que creamos sea el otro.

Soy producto de varias culturas y en el transcurso de mi vida he conocido otras tantas en diversos puntos del planeta Tierra; he tratado de penetrar en cada una, de sentirlas, entronizarme… porque no creo en terruños ni cunas definitorias, los gentilicios me parecen más una necesidad de identificación que de definición humana.

La geología terrestre es cambiante y dinámica como para creer que Managua, por ejemplo, seguirá tal como la conocemos dentro de algunas décadas o un par de siglos más. Quizá desaparezca por algún evento y sus sobrevivientes han de hacerse de otro asiento terreno para vivir. Prefiero ser multicultural en mí mismo, en búsqueda e inquieta relación con aquellas culturas que desconozca.

Soy de los que se adaptan con facilidad, de los que asumen familia donde el espacio-tiempo ha dispuesto. Más que sangre es otra esencia, aquella cósmica que siempre nos ha determinado, solo que se ha olvidado, o se prefiere dar la espalda, por temor o ignorancia.

Por tanto, soy yo, pero también muchos otros, algo así como Yotros, aunque no haya licencia académica que jamás me ha inquietado. Yotros he estado en muchos lugares, donde he dejado alguna huella.

Nací en Los Ángeles, un barrio popular histórico de la ciudad de Managua. Y desde el mismo 18 de mayo de 1961, cuando mi madre me parió a las 2:45 de la madrugada, ahí estuvo, a la par de la partera, mi abuela nacida en Bluefields, al sur de la costa Caribe de Nicaragua. Sus progenitores llegaron hasta aquella ciudad caribeña desde la ciudad de Masaya. ¿Dónde no están los masayas?

Desde mi infancia conocí el Caribe en Managua, con mi padre Henry Alexander y mi abuela Guadalupe, también a través de sus hermanos, mis tíos abuelos que la visitaban cada cierto tiempo: Gabriel (Bilwi), Trini (Siuna) y Zoila (Bonanza).

Conocí de las artes culinarias caribeñas desde antes que conociera Muelle de los Bueyes, Rama, Nueva Guinea, Bluefields, El Bluff, Kukra Hill, Laguna de Perlas, Corns Island, Siuna y Puerto Cabezas (Bilwi).

Para mi familia, con una madre rivense, fue habitual el gallo pinto con coco, el wabul, la fritura de fruta de pan, pijibay, tortilla de harina, rondón, pescado con coco, patí, pan bon, ceviches en sus diversas variantes, etcétera; así también el vaho, indio viejo (o picadillo), vigorón, nacatamal, bollo dulce, tamal pisque, atoles, etcétera.

Mis dos hermanos, Eddy José y Walter José, y yo, fuimos hijos de una madre soltera y obrera, de la primera generación de sindicalistas textiles de Nicaragua, fallecida el 5 de septiembre de 2015, a la edad de 76 años; también fuimos nietos de otra madre soltera con hijo único, de oficio costurera. Ambas trabajaron como tayacanas, no se doblegaron al imperio de ningún hombre, y nos criaron con alto espíritu de lucha.

También nos influyeron e inspiraron nuestras tías maternas: Isabel, Casta y Dora, extraordinarias mujeres de lucha por la vida.

Es decir, soy producto del matriarcado. La jefatura en nuestra gran familia, desde que tengo uso de razón, estuvo a cargo de mujeres fajadas con el trabajo, siempre alegres. Y debo decir que mis madre, abuela y tías, jamás conocieron de feminismo ni cosa que se le pareciera en términos conceptuales en sus tiempos, sencillamente fueron mujeres autodeterminadas y no se dejaron de nadie. En ellas no conocí la derrota ni estados depresivos, eran fuertes, dinámicas y populares.

Mi abuela, Guadalupe Navarro González, nació y creció en Bluefields. Se vino a Managua porque no toleró jamás que mi abuelo, marinero cuyos antepasados vinieron de Gran Caimán, le levantara la mano en una sola ocasión; alistó sus maletas, agarró a su chavalo como de doce o trece años y partió rumbo a la capital sin mirar atrás.

En Managua, superando dificultades y obstáculos, pero bien afirmada en su ingenio y carácter, logró asentarse e hizo una nueva vida «sin depender ni aguantar a ningún cabrón», decía.

Crió a mi padre Henry Alexander Petrie Navarro, hasta que llegó a su juventud temprana y lo reclutaron como cadete de la Guardia Nacional, solo duró la intentona de invasión desde Managua a Costa Rica en 1955.

Luego de esta breve estación y algunos años después, él conoció a mi madre, una jovencita llegada a la capital desde Pica Pica, municipio de Belén, Rivas, y se enamoraron.

En términos laborales se desempeñó como taxista en la vieja Managua. Él tenía el alma libertina y se separaron, aunque en términos legales el matrimonio quedó intacto hasta el momento de su fallecimiento en 1978.

Mi abuela paterna se quedó con mi madre, jamás nos abandonó. Integró el dúo de mujeres que nos criaron. Mi abuela me contaba historias, cuentos o leyendas que me parecían fantásticas.

Me contaba aventuras y travesuras. Aquellos campos azules eran un mundo maravilloso en sus historias, contadas con humor y picardía.

Mi abuela fue una mujer pícara, jocosa, desenfadada, con humor decía verdades: «para que la gente mala entienda hay que decirles sus cuatro cosas»; «no seás tonta, amiga, si tu macho está desganado de aquello, levantale el apetito sin vergüenza y desnudita». No fue moralista ni se anduvo con formas «delicadas estúpidas», «como si no viviéramos en el mundo». Me habló de curas «chilitos calientes» y de monjitas «pancitos inquietos». Fue creyente a su modo, para nada religiosa, tampoco temió a dios.

Ella y gente costeña radicada en Managua se visitaban cada cierto tiempo. Recuerdo que, en 1975, hasta nuestra casa en la colonia 10 de Junio ‒antes Luis Somoza Debayle‒, llegaron tres moravos a visitarla, con el propósito de convertirla a su religión. Mi abuela los escuchaba con atención, pero de pronto salía con sus ocurrencias: «Jesús debió haber sido zángano, el bandido», dijo. Los dos negros y el mestizo que conformaban el trío, no menores de 30 años, se pusieron serios ante el comentario. Ella, como si ya esperaba dicha reacción, se sonrió y les dijo: «Como me pintan a Jesús debió ser muy guapo, ya imagino a las mujeres detrás de él, ¿no creen?» Se soltaron en carcajadas, no sé si por cortesía o porque, en realidad, habían entendido el humor de mi abuela. Y le dijeron: «Ah, doña Lupita, es usted muy agradable».

Doña Lupita, entonces, fue muy blufileña aun viviendo más de la mitad de su vida en Managua, adonde llegó «por culpa del padre de mi hijo que me quiso trompear y yo no me dejé. ¡Ja!, apenas levantó la mano pegué la guinda sin darle oportunidad de que me buscara», decía a las vecinas en sus amenas conversaciones.

Conoció las culturas caribeñas y aprendió de cada una. No concibió su vida sin el Caribe, a pesar de Managua; los campos azules eran su adoración. Sus recuerdos fueron tan intensos que los convirtió en historias que nos contaba a mis hermanos y a mí; también las contaba a sus amistades, quienes creían que Bluefields, Puerto Cabezas o cualquier ciudad o poblado del Caribe nicaragüense, se trataba de otro país habitado por brujos o gente que hacía brebajes y sontín. En muchísimas ocasiones los vecinos se le acercaron para preguntar si ella no era de las que pintaban a la gente, o hacía que las personas se enamoraran, por ejemplo. Siempre les respondió muy divertida, pícara y con malicia de la buena, como para ponerlas a prueba y pasar riéndose de la ignorancia de los managuas de aquel entonces.

Aquí pues, Lo que me contó mi abuela, su esencia, su espíritu, su voz, todo conjugado a mis recuerdos; a sus historias se han incorporados otros zumos, emanaciones poéticas de mi imaginación y los destellos que desde aquellos territorios me han llegado, o que de alguna manera también he vivido y que, como un instrumento percutivo que entraña aquellas vibraciones, devuelvo en poemas.

(*) Prólogo del libro “Lo que me contó mi abuela”

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