9 mayo, 2021

Un hombre como cualquier otro que cambió la mentalidad sobre el racismo

Ilustración de Depot / NM

El caso del afrodescendiente George Floyd, brutalmente asesinado por un policía blanco de Mineápolis ha provocado grandes protestas durante la pandemia Covid-19 y ha revivido un debate intenso sobre el racismo y la segregación racial.

Benito Soto

Un niño como cualquier otro. Cuando George Perry Floyd Jr. ingresó a mediados de los años 80 a la escuela preparatoria Jack Yates (high school), en Houston, Texas, impresionó a todos por su tamaño, tan flaco y alto como un cocotero, era un niño afroamericano de poco hablar, se sentía como “gallina comprada” (expresión nica), era nuevo allí, había nacido diez años atrás en Raeford, una de las cinco áreas suburbanas que componen Fayetteville, que en 1973 era una pequeña ciudad de 55 mil habitantes, ubicada en el Condado Cumberland, Carolina del Norte.

Le agradaba su nueva escuela, pero tenía que hacer algo para romper ese molde de chavalo callado, alto, desgarbado que recién había llegado del Este. Una mañana, durante el recreo, se acercó a la cancha de baloncesto donde jugaban muchachos de su mismo color, la pelota llegó a sus manos, la levantó hacia el cielo, calculó el tiro, 6 metros de distancia y chumbulún, pasó floja en el aro, desde entonces lo integraron al equipo, nunca fallaba y por su altura, era un excelente defensa, no había jugador que encestara frente a él, su manota siempre estaba allí, bloqueando los tiros del equipo oponente.

Con 6 pies 6 pulgadas, Floyd también se destacó más tarde como estrella del equipo de fútbol (americano) y en 1992, un año antes de graduarse, logró uno de sus sueños: jugar en el majestuoso Astrodome de Houston, en un juego de campeonato estatal. Para entonces ya todos lo llamaban el Gran Floyd (Big Floyd).

Un adolescente como cualquier otro. Creció junto a sus hermanos y primos en el Third Ward de Houston, uno de los barrios predominantemente negros de la ciudad. Su madre y su tía cuidaron del chavalero. La escuela secundaria y preparatoria Jack Yates fue inaugurada por la Iglesia Bautista en 1926, destinada sólo para afroamericanos. Era la época de la cruda segregación racial en Estados Unidos. Inicialmente el campus estuvo en la calle Elgin, siempre en el Third Ward, pero, treinta y dos años más tarde, en 1958, se trasladó a un local más amplio de la calle Sampton, que es donde actualmente se encuentra.

Pero, a pesar de tener un alumnado mayoritariamente afrodescendiente, la preparatoria Yates que George conoció, ya era multirracial. La eliminación, al menos oficial, de la discriminación y la segregación racial, se concretó con la aprobación de la Ley de Derechos Civiles (1964), desde entonces, ninguna escuela puede prohibir matrículas por razones de raza o creencias. George de alguna manera se formó en ese ambiente multicultural, aunque, definitivamente que su medio predominante fue la cultura, familia y amistades afrodescendientes, incluyendo a sus tres hijos: Quincy Mason Floyd y Connie Mason (adultos) y Gianna Floyd, de 6 años.

Un joven como cualquier otro. Una vez que concluyó el high school, aplicó a estudios universitarios y por su talento en los deportes, obtuvo una beca de baloncesto en la Universidad Estatal de la Florida. No terminó la universidad, se inclinó por la música, regresó a Houston y se promovió como cantante, utilizando el nombre de Big Floyd, incluso, colaboró con un famoso del hip-hop de Texas, también afroamericano, Robert Earl Davis Jr., mejor conocido como DJ Screw, quien murió el año pasado, intoxicado por drogas mixtas, confirmó el informe forense.

George deja de ser un hombre como cualquier otro. La economía personal comenzó a decaer, había fracasado como cantante, andaba escaso de dinero y las deudas lo atormentaban. En el año 2007, Floyd fue acusado de robo a mano armada e invasión de hogar en Houston, a eso en Nicaragua le llamamos: “se metió a robar, armado con un revolver .38 a una casa”, no hubo disparos ni víctimas, la Policía de Houston lo capturó, lo puso frente a un juez que lo sentenció a cinco años de prisión (2009), como parte de un acuerdo de culpabilidad, según reportó el Houston Chronicle.

Los gastos funerarios corrieron a cuenta de campeón mundial de boxeo Floy Mayweather.

Vuelve a ser un hombre como cualquier otro. Al salir de prisión, con el objetivo de rehacer su vida (2014), recorre casi 2 mil kilómetros de sur a norte, es decir, de Houston a Mineápolis, Minesota, donde se muda, dejando atrás las malas vibras. Consiguió un trabajo en el equipo de seguridad de una tienda para obras benéficas (Salvation Army), fue conductor de camiones y portero de seguridad de un bar nocturno llamado Conga Latin Bistro.

A los 46 años de edad, George no tenía nada que ver con el muchacho callado y desgarbado que llegó en 1983 a la preparatoria Yates. La vida lo había golpeado, pero, era trabajador, amistoso y jodedor, a todos les caía bien. Su novia, Courtney Ross, lo describió como un “ángel en la tierra”. El dueño del Conga Latin Bistro, Jovanni Thunstrom afirmó que Floyd “era un hombre pacífico a quien no le hubiera gustado la violencia, el vandalismo y los disturbios”.

Ese hombre como cualquier otro pasó al desempleo cuando los negocios cerraron en Minesota y en todo Estados Unidos, por la cuarentena obligatoria decretada, en marzo, para evitar la multiplicación del contagio del Sars-Cov2. En medio de la palmazón, recordó sus años de presidiario, dudó dar el paso, pero, tomó un billete falsificado de 20 dólares que le había regalado con malicia un cliente en el Conga Latin, lo colocó cerca de la lámpara, lo revisó bien y pensó que el joven despachador de la tienda de conveniencia que frecuentaba, no detectaría el embuste. Le falló el cálculo de los 6 metros del baloncesto y allí mismo inició su fin.

La fiscalía de Minnesota elevó a asesinato en segundo grado, la acusación contra Derek Chauvin, el oficial de Policía anglosajón que, al capturar a George Floyd, lo asesinó presionándole el cuello con su rodilla, ahogándolo sin piedad. Además, presentó cargos de complicidad e instigación contra los otros tres agentes que estaban en la escena: Tou Thao, Thomas Lane y J. Alexander Kueng. En el pasado, Chauvin y Thao habían sido denunciados ante la Policía disciplinaria y hasta demandados en tribunales federales por uso excesivo de la fuerza, pero, siempre habían sido eximidos o con sanciones menores.

Lograr una condena por asesinato en segundo grado a un hombre como cualquiera, no será fácil. El fiscal general de Minesota, Keith Ellison, también afrodescendiente, ha advertido que ganar una condena será difícil. “La historia muestra que hay claros desafíos”, dijo. La verdad es que gran parte de los policías que han sido juzgados por matar a personas de raza negra, terminan absueltos por los tribunales. Eso explica el estallido social, unos con legitimidad cívica, otros con injustificados y condenables actos de violencia y vandalismo.

El abogado Ellison consideró que lograr justicia será un proceso complejo, pues, los asesinatos de primer y segundo grado, según la ley de Minesota, requieren pruebas de que el acusado tenía la intención de matar, “es un gran reto que vamos a asumir”, dijo con firmeza.

El hombre como cualquier otro, fue enterrado el martes, 9 de junio, en una ceremonia que atrajo los ojos de millones de personas de todo el mundo y la presencia de cientos de periodistas y transmisiones. Los gastos del funeral -según se confirmó- los cubrió el excampeón mundial de boxeo Floyd Mayweather, quien quiso tener esa satisfacción. Como se puede deducir, esa rimbombancia de las exequias nunca estuvo en la cabeza de Floyd, quien al momento de ser cruelmente asesinado (25 de mayo) por el oficial Chouvin, se encontraba -ya lo dijimos- en el desempleo.

Floyd se convirtió en un símbolo mundial de la lucha contra el racismo y la violencia policial. I can’t breathe (no puedo respirar) repiten millones de personas en los EE.UU., en las ciudades más importantes de Europa, Rusia, Japón, Australia, exigiendo el fin del maltrato y los crímenes policiales por causa de racismo y segregación racial.

En uno de los tantos homenajes, el reverendo afrodescendiente, Al Sharpton de la Universidad North Central de Mineápolis, de frente al brillo del imponente ataúd en donde yace el largo cuerpo de Floyd, lo despidió con las siguientes palabras: “Vete a casa George. Descansa. Cambiaste al mundo”.

Pero, en realidad, el hombre como cualquier otro ¿cambió al mundo? o sólo marcó una referencia histórica.

Una de las voces indiscutiblemente autorizadas de los EE.UU. para hablar sobre este tema del racismo es, sin duda, el expresidente Barack Obama, primer mandatario negro, casado con afroamericana, procrearon a sus dos hijas de la misma raza. Obama comentó que no se pueden erradicar 400 años de racismo de golpe, “quizás no sea realista esperar un cambio radical”, reflexionó y alentó a los jóvenes que han liderado las manifestaciones a continuar fortaleciendo el movimiento, pues, en su opinión, es la única manera de asegurar que realmente se producirán cambios.

“Es muy importante para nosotros aprovechar el impulso que se ha creado como sociedad, como país. Usemos esto para finalmente lograr un impacto”, dijo Obama, para quien este movimiento refleja un “cambio de mentalidad”, inédito en la historia del país, provocado por el asesinato de un hombre como cualquier otro.

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