9 mayo, 2021

El poder de la imagen o la divinidad en las audiencias

Grandes jugadas de Grandes Ligas, Serie 57 / NM

“La computadora no es una máquina inteligente que ayuda a gente estúpida, de hecho, es una estúpida máquina que funciona solo en manos de gente inteligente”.

   Umberto Eco

Julio César Guerrero Dias

El uso de las nuevas tecnologías que utilizan la imagen como recurso fundamental construye una nueva sociedad donde los vértigos de la velocidad a través de los dispositivos móviles ubican en un segundo plano la palabra, todo es superficial donde el espectáculo es más dominante y creíble que el argumento.

La dinámica cotidiana de la sociedad global está marcada por lo que hoy se llama la cultura de la velocidad, una dinámica que exige o demanda respuestas inmediatas a situaciones determinada.

La época que vivimos también está marcada por la inmediatez visual esto hace que la sociedad en general se mantenga más atenta a lo que puede visualizar y menos a lo que se pueda leer es así que los medios de comunicación apuestan a nueva forma de comunicar e informar.

Estamos viviendo día a día el  aumento de dos fenómenos, la nomofobia, la dependencia del móvil a un dispositivo de cualquier naturaleza que es el miedo a no estar conectado o estar sin estos instrumentos.

La mayoría de las personas se han convertido en adictas al dispositivo, el otro fenómeno es la mofobia y creo que eso nos ha pasado a muchos es la ansiedad cuando pasa mucho tiempo sin estar conectado, creemos que nos hemos perdido muchas cosas que han podido pasar en el mundo, la velocidad de conocer, saber y estar informado es lo que ahora está determinando al quehacer cotidiano.

Los medios masivos de comunicación han cambiado el mundo. Esto no es nada nuevo, obviamente. Desde inicios del siglo XX esa transformación viene operándose a pasos agigantados, cada vez más rápidos, más profundos, más globales.

Tanto, que la sociedad planetaria actual ha pasado a definirse, quizá demasiado ostentosamente, como “de la información”. Quien no sigue ese ritmo –al menos eso nos dice el mito dominante actual– pierde el tren de la historia, nos encontramos en un momento que nadie quiere perderse nada y sobre todo en el momento que suceden los acontecimientos.

El acompañamiento visual que ahora es el sustituto de la palabra es lo que para muchas personas determinarán lo certero o lo que existe y lo no certero es porque no lo has visto, la cultura visual es la que ahora determina lo existente.

También nos encontramos con otras situaciones que habrá que considerarlas como factores que impulsan esta nueva dinámica de estar conectado con el mundo.

Los grandes factores de poder son los que generan los mitos culturales, mientras siguen haciendo sus negocios, llamándola “Sociedad de la información y la comunicación”, pero la mitad de la población mundial está a no menos de una hora de distancia del teléfono más cercano, y una quinta parte no dispone de energía eléctrica.

Las bondades del desarrollo comunicacional están muy lejos de repartirse democráticamente entre todos. Pero de todos modos es un hecho que, aunque sea con cuentagotas, de manera fragmentaria y forzada, las nuevas tecnologías de la comunicación de masas han barrido toda la faz del planeta.

Durante el siglo pasado, y el presente indica el aumento exponencial de esa tendencia, a pesar de todo esto no podemos negar la necesidad que tiene gran parte de la sociedad global de estar conectado al mundo.

Justamente en la línea de esos mitos que nos penetran y terminan constituyendo, es real que estas últimas décadas se fue moldeando una nueva cultura, desconocida en todos los milenios de civilización previa: la cultura de la imagen.

Quizá sea un mito que todos los seres humanos tienen hoy una computadora de última generación con acceso inalámbrico a internet de banda ancha, que todos disponen de celulares con cámara de video y televisores de pantalla de plasma líquido con tecnología de punta.

No es cierto que todos posean estos dispositivos mucho se cree con anticipación que la mayoría de la población posee estos recursos cuando sabemos que la realidad es otra, particularmente en países en vías de desarrollo.

Es incontrastable que todos estamos tocados por esta fascinación ante las imágenes generadas artificialmente, y que todos, en mayor o menor medida, las consumimos.

La comunicación, la distribución de la información como bien masivo, es algo muy reciente en la historia humana. Podríamos decir que recién con la aparición de la imprenta en Alemania hacia el siglo XV se sientan las bases para que eso pueda comenzar a tomar forma.

Sin embargo, es hasta el siglo XX en que realmente, cuando las nuevas tecnologías permiten difusiones mucho más amplias de los bienes culturales, nos encontramos con una verdadera cultura de masas en sentido estricto.

El libro, la prensa, la radio, comienzan a ser negocios redituables para el gran capital, por lo que se masifican cada vez más.

La llegada de los medios que implican el uso intensivo de la imagen, el cine primero y la televisión más tarde, llevan ese proceso a su cúspide. Es, precisamente, la televisión la que entroniza esa nueva forma de difusión cultural: la imagen triunfa, se vuelve el medio dominante, cambia la cotidianeidad, abre nuevos e insospechados ámbitos para los poderes fácticos, para el consumo masivo.

La cultura de la imagen que se tejió en unas pocas décadas sin ningún lugar a dudas llegó para quedarse, destronando otras formas culturales anteriores, haciéndose de un brillo propio incuestionable.

El mundo icónico ha jugado los más diversos papeles en las culturas: simbología general, testimonio y memoria, ilustración, explicación, arte, opinión, magia, etcétera. La imagen se relaciona con todas las facetas del quehacer humano. Pero lo que ha sucedido estas últimas décadas no tiene parangón: la cultura de la imagen generada artificialmente con medios técnicamente muy complejos tomó un peso tal que se entronizó como principal fuente cultural del mundo contemporáneo. Si algo define este momento histórico es la primacía de la imagen por sobre todas las otras expresiones culturales.

Hoy día todo es imagen, todo es mediático. Hasta el espacio privado. También la intimidad quedó atada a este nuevo patrón de la cultura de la imagen. Importa cada vez más la forma, el cómo se presentan las cosas, el cómo “se venden” para decirlo en clave de empresa privada, que es el arquetipo dominante de un mundo bañado absolutamente por relaciones y operaciones mercantiles.

Todo se juega en la imagen, en el show mediático: la ropa que se usa tiene que ser de marca, que se vea que uno “está a la moda”; la práctica política, siempre artera manipulación de las mayorías por una minúscula clase dominante, es un show televisivo con profusión de imágenes, y no gana el candidato más capaz sino el mejor presentado el que seduce mas a través de las técnicas de la simulación, el deporte, de pasatiempo entretenido, pasó a ser un espectáculo de dimensiones colosales que mueve fortunas y con el que se tapan problemas estructurales, montaje colorido que inunda todos los espacios mediáticos.

La cultura de la imagen se ha impuesto en todos los aspectos de la vida moderna utilizando los mismos códigos en los más diversos ámbitos: en la vida política, así como en el mundo del deporte, en la promoción de productos o servicios en la artificial burbuja de las estrellas de cine, en los consejos para arreglar problemas sentimentales o en la recreación de viejos y nuevos temores colectivos.

Con las modernas tecnologías de manejo de la imagen desaparecen las arrugas, el acné juvenil y la tristeza: el mundo pasa a ser una imagen bella, rutilante, perfecta. Hasta en la más remota aldea de alguna selva tropical o en las vastedades de cualquier desierto podemos encontrarnos un impactante cartel de Coca-Cola que nos promete felicidad desde la sonrisa trucada de una modelo blanca convenientemente arreglada con Photoshop este el mundo de hoy capaz de hacer lo inverosímil para convertirlo en realidad.

Ya hace años que pensadores como el francés Jean Baudrillard alertaban del peligro de la sociedad de los simulacros en la que hemos ido entrando, llena de representaciones que son máscaras, biombos de la realidad. Y el padre de la semiótica, el italiano Umberto Eco, decía en la década de los 60 del siglo pasado que para las sociedades autoritarias es muy sencillo apoyarse en la cultura de la imagen, basada en la seducción, en el engaño, pues llaman al no-pensamiento y rechazan la cultura de la palabra, más reflexiva, más intelectual.

Julio César Guerrero Días

El ágora nica | Desde la antigua Roma, el espacio público sigue siendo el más idóneo y transparente para el debate.

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