18 mayo, 2021

La protesta es un choque de dos violencias, la del Estado y la de quienes reclaman

“Una persona tiene derecho a protestar y el Estado debe protegerle la vida, sea cual fuere la naturaleza de la protesta”

Pablo Milanés.

Julio César Guerrero Dias

Las protestas sociales son el recurso que utiliza la sociedad para hacer oír sus voces de demandas, de descontento frente a los que ostenta el poder, una sociedad cansada de recibir atropellos, solo les queda la protesta para visibilizarse, para decir aquí estamos, no hemos claudicados como grupos o movimientos sociales.

El mundo quizás está pasando los momentos más difíciles en los ámbitos sociales, políticos, económicos, culturales, religiosos, ambientales, la violencia nunca se había visto como ahora, tanto descontento social en el planeta como lo estamos viendo ahora.

La pregunta que uno se puede hacer ¿por qué tanta violencia en el mundo? En este momento las protestas o movilizaciones sociales florecen como las plantas en el invierno, se están convirtiendo en algo natural en cualquier sociedad de cualquier parte del mundo.

Sin embargo, no podemos verla como algo natural esto es producto de un agotamiento del conformismo social, ya las sociedades han dicho basta de la sumisión de bajar la cabeza frente a los que ostentan el poder.

El mensaje no va solamente a quienes dirigen los destinos de un país, sino aquellos que por mucho tiempo han mantenido sumergido a la sociedad en la injusticia, en la desigualdad, en las violaciones de sus derechos, en la libertad de hablar, en el derecho a la vida, en el maltrato.

El ser humano ha decidido luchar contra los que tienen el poder público y privado porque han sido estos grupos los que han generado esta discrepancia en el seno de las diferentes sociedades en el mundo.

La violencia nunca será deseable, pero con demasiada frecuencia es inevitable porque, aunque sea legal, el poder nunca es pacífico.

En situaciones en que ese poder es tiránico y violento la violencia como respuesta no solo es inevitable sino legítima. Así lo entendieron los grandes pensadores de lo político.

Una respuesta a estas preguntas, que en realidad son una sola, pasaría por definir de qué violencia estamos hablando y de cuál protesta social. Si, como percibo, se trata de la coyuntura de las marchas donde diferentes ámbitos de la sociedad participan.

Se trata de una violencia que se ha suscitado más que condenarla hay que entenderla, porque es la expresión genuina de los diferentes sectores sociales que buscan alternativas para buscar una sociedad más justa, igualitaria en busca del bien común.

La violencia es una opción desesperada y trágica, pero no es sólo barbarismo. En ella está inscrita la rabia y la desesperación, que son sentimientos que constituyen a la experiencia humana. Y entonces esa violencia vuelve como pregunta ¿quién la provocó?, que en este caso es un poder indolente que ha destruido las nociones de futuro. Si existe esa violencia es entonces como respuesta a la violencia de ese poder.

Si entramos a la reflexión o si vamos a cuestionar y discutir sobre la violencia de los movimientos sociales discutamos y cuestionemos también la violencia de los poderes de turno, en este caso del Estado y sus representantes, también del sector privado donde existe violencia contra las personas.

Hay que evitar caer en la trampa de que una violencia, es solo producto de un acto irracional, de intuición o haga olvidar a la violencia de origen, que es mucho más organizada y estructural, lo que vivimos ahora en el mundo es parte de esa estructura que se agotó y que no da respuesta a las demandas sociales que ella espera.

En cualquier protesta siempre existe una tensión entre dos grandes formas de violencia: una violencia ejercida por el Estado en su intento de negar la expresión de un descontento popular y otra violencia que surge del mero acontecimiento de la protesta.

La protesta es una violencia que se levanta contra un orden de cosas injusto y es violenta por definición, aunque no se rompa un solo cristal, aunque no se lance una sola piedra, porque lo que se violenta es un orden establecido desde arriba.

En ese sentido, ejemplifiquemos un poco que una pequeña minoría de los participantes en una manifestación lance pintura contra el edificio público o privado o de un medio de comunicación mentiroso me parece, no solo legítimo, sino natural. La protesta es un espacio donde el choque de las dos violencias, la del Estado y la de quienes protestan, replantea las relaciones entre justicia y legalidad.

La protesta en sí misma ya es violenta porque trata de romper con un orden establecido que viene decretado desde arriba como un orden legal. La protesta dice: no, ese orden es legal por una decisión arbitraria que atenta contra nuestros derechos, por tanto, no es un orden legítimo y debe ser replanteado.

Eso constituye, por sí solo, un acto esencial de violencia, oponerse o lanzar o no lanzar piedras contra la policía es apenas un detalle de la representación.

Los medios de comunicación, dispositivos que utiliza el poder al servicio de los intereses del propietario del medio, plantean acciones heroicas de los protestantes, por el otro lado criminalizan la protesta centrándose en las imágenes del mal llamado “vandalismo”, cuando una protesta produce muchos tipos de imagen: imágenes de dignidad, de solidaridad, de organización colectiva en fin el reflejo de las representaciones que nos regalan los medios es una parte de la realidad, de ahí la importancia de saber leer bien a los medios.

La protesta es, por definición, un acto violento, se manifiesta en hechos violentos simbólicos y concretos que son actos demostrativos del descontento y, ante todo, frente a la imposibilidad de diálogo de dos sectores de la sociedad.

La violencia, la posibilidad de expresar esa violencia sin agresiones físicas ha sido la herramienta de todos los movimientos sociales a lo largo de la historia, gritar, provocar, parar, interferir y vulnerar el orden establecido son las armas de un sector de la sociedad desarmado realmente, lo que vemos hoy en el mundo son manifestaciones de esta naturaleza.

¿Habrá una violencia legítima? No lo creo. Reprimir la protesta, negarse al diálogo y de entrada generar las condiciones de base que provocan este descontento inequidad, marginación, abuso del poder, corrupción, etcétera son hechos así mismo violentos. Creo que el debate no es sobre “la violencia”, sino sobre la criminalización de la protesta social.

De manera personal no defiendo el uso de la fuerza sobre otro ser humano, pero en condiciones de diálogo inexistente y ante la violencia legitimada de los gases, los golpes, lo encarcelamientos injustificados y otros tantos abusos del poder, no lo veo más allá que como la consecuencia lógica del estado de las cosas.

Creo que la violencia es innecesaria, curiosamente, a través de la historia, los actos violentos sí han acarreado muchos tipos de cambios, pero no han sido tan inmediatos o efectivos como se cree, además de que a veces no han sido los que se esperan.

En el mundo actual en el que estamos, cometer actos violentos le quita legitimidad a lo que se reclama. Sí creo que se tiene que hacer con cierta vehemencia y, si bien los actos vandálicos y de violencia sobran, la ciudadanía sí tiene que sentir su vida trastocada. Es decir, que se sienta que la gente está marchando, que la gente está reclamando, que hay que cambiar las cosas.

Lo que hemos planteado son reflexiones acerca de las protestas sociales que hoy es la actitud de las sociedades frente a unos modelos de carácter social, político y económico que ya caducaron que no crean confianza más bien incertidumbre.

Estamos en la búsqueda de un sistema que se acerque más a la sociedad sus derechos y demandas sociales. Finalizo recordando a unos de mis rectores en la Universidad Centroamericana el padre Xabier Gorostiaga que le tocó vivir los momentos más difíciles de la revolución sandinista de 1991- 1997 textualmente señalaba “Protesta con Propuesta” es decir que no basta protestar, que se proponga para que haya una salida sin violencia y crear una sociedad más justa, con más oportunidades donde desaparezcan las desigualdades, donde todos tengamos las mismas oportunidades, donde no hayan excluido y sea una sociedad donde todos disfrutemos el bien común. ¿Será posible alcanzar eso?

Julio César Guerrero Días

El ágora nica | Desde la antigua Roma, el espacio público sigue siendo el más idóneo y transparente para el debate.

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