25 octubre, 2021

La herencia perversa en los émulos de Pedrarias Dávila

 

Carlos Morales Zapata

Su conducta consiste principalmente en animalizar nuestros cuerpos; en hacernos sentir irremediablemente inferiores y merecedores de innumerables castigos, de convertirnos inclusive en algo menos que un animal, pues a algunos animales los tratan como a humanos, como a sus iguales.

A nosotros nos revientan como bestias de carga, nos hacen caminar más de 30 leguas desde el corazón de la montaña hasta el puerto de El Realejo cargando inmensos tablones de madera sobre nuestras cabezas y espaldas, encadenados unos a otros de nuestros cuellos, casi siempre en grupos de treinta o más, con la piel en carne viva y con el eterno temor de no poder dar un paso más. De obligar al cerebro a sobrevivir a la fatiga y no reventarse de cansancio en las primeras dos leguas del viaje.

Faltan 28, sólo faltan 28 más, no te caigás hermano, que te van a matar; son 136 kilómetros, hay que llevar los tablones de madera para sobrevivir. Y sin miramientos el capataz rubio y con olor a vinagre le corta al indio la cabeza de un tajo con su alabarda, justo sobre la collera en el cuello. Y la cabeza cae por un lado y cuerpo por el otro, olvidado en el camino para ser alimento de los carroñeros en los próximos días.

Uno, otro, y otro más de mis compañeros, “los salvajes” son asesinados porque no tienen derecho a sentir fatiga y detenerse a descansar, aunque sea un momento, con los pies ensangrentados y llenos de llagas por las decenas y decenas de kilómetros caminados sin descanso, con las cadenas siempre en el cuello y los grilletes en los tobillos y muñecas, desde el corazón de las cordilleras del norte, atravesando todo el escudo montañoso por rincones desconocidos, al borde de acantilados y cruzando ríos desbordados, pues sin importar las condiciones de la selva la carga de tablones para los barcos del mar del sur debe llegar al puerto a cualquier costo.

Hace unas horas uno de mis hermanos iba casi colgando de las cadenas de su cuello, sumando peso a los demás; con el hombro derecho hundido bajo el peso de la carga, a punto de desmayarse. Cruzamos un río de caudal medio y él y dos hermanos más se ahogaron entre las aguas bravas del río.

Resbaló en una roca y la corriente lo empujó y las cadenas en su cuello terminaron de estrangularlo. Sus ojos estaban desorbitados y casi salidos de sus cuencas, gesticulaba pidiendo ayuda, pero todos estábamos encadenados y nadie podía ayudarlo. El río nos arrastraba y la carga se hacía más pesada mientras más tiempo pasaba. Cinco segundos eternos para que el capataz en su inmenso caballo andaluz con el agua casi a nivel del lomo se acercara con su alabarda en la mano derecha.

El indio lo mira desesperado y cansado con los ojos desorbitados, luchando contra su propia fatiga para no morir ahorcado, ahogado o decapitado. Todos vemos impotentes cómo traga agua y su peso nos arrastra con la corriente, su lengua amoratada se escapa de su boca y sus manos en resistencia contra la corriente y la poca movilidad que dejan los grilletes, poco a poco van cediendo a la asfixia o al ahogamiento, o a las dos cosas juntas. En medio del agua se pueden ver sus ojos apagarse lentamente con un espantoso gesto de terror justo cuando la alabarda del capataz rubio se acerca a su cuello en un brevísimo instante que se volvió eterno ante mis ojos.

Un haz de luz rebota en la afilada hoja metálica que baja desde la mano del jinete, se desliza junto a la collera y en el último soplo de vida, mi hermano, el indio moribundo que se bate a golpes con la bravura del río, mira espantado cómo lo están matando.

La hoja de metal brillante de un solo tajo arranca casi por completo la cabeza del hombre, ahogando un sonido gutural que se pierde entre el choque del agua con las piedras y los gritos de terror de algunos cautivos que miran por primera vez la frialdad con que son asesinados sus hermanos.

El cuerpo sin su cabeza es arrastrado río abajo por la corriente, tiñendo de rojo la espuma blanca y dejando colgada entre las cadenas la collera que apresaba al “salvaje”.

En uno de esos viajes fuimos obligados a ir como bestias de carga cerca de 4,000 indios. El viaje fue tan cansado y las enfermedades flotaban tanto en el ambiente, y la carga tan pesada y los conquistadores tan desalmados, que solamente regresamos con vida 6 personas…

Era 1512…

Desde el inicio de esta carnicería se justificó la esclavitud y las guerras injustas. En 1512, se creó en España un documento llamado Requerimiento de Palacios Rubio, que los conquistadores debían leer a las autoridades de los pueblos indígenas para que se sometieran a la voluntad de los reyes de España, que adoptaran como fe única el cristianismo y que además todas sus vidas, las de sus hijos, y los hijos de sus hijos y además sus tierras y posesiones les pertenecían ahora a sus santas majestades los reyes católicos Fernando e Isabel.

Si acaso los conquistadores leían realmente el documento a los indígenas lo hacían desde sus barcos, donde no podían oírlos, o era leído en español, una lengua que entonces “los salvajes” no entendían.

Se establecía, además, que a San Pedro y a todos los demás Papas “se les obedecerá y tomará como señor, rey y superior del universo, los de entonces, los actuales y hasta que el mundo se acabe”, además uno de estos pontífices hizo donación de las islas y la tierra firme del Nuevo Mundo a los reyes de España y sus sucesores de todo lo que hay en ellas.

El documento concluía con la amenaza de que si no acataban las órdenes que ahí se dictaban y no aceptaban el catolicismo y se avasallaban ante los reyes, se tomarían sus bienes, se harían esclavos a sus mujeres e hijos, y les harían “todos los males y daños que pudieren”. En otras palabras, era una declaración de guerra; una guerra injusta.

Nicarao y Diriangén, dos personajes que marcaron dos formas de ser en Nicaragua

Ante la lectura de este documento, el Teyte, -cacique- Nicarao aceptó fingiendo alegría ante Gil González Dávila el 4 de abril de 1523. El 17 de abril del mismo año, el Calachuni (equivalente a rey joven) Diriangén atacó con unos 4,000 hombres las tropas del conquistador y lo hace huir con rumbo a Costa Rica a través del golfo de Nicoya.

Meses más tarde, en 1524, la viruela que azotaba las tierras de México desde 1520 se había extendido a las provincias de Nicaragua y Costa Rica. En cuestión de meses se estima que esta enfermedad y luego el sarampión mataron al mataron al menos a la mitad de la población de Mesoamérica.

En base a las encomiendas se estima que para la década de 1520 en la costa del Pacífico de Nicaragua vivían al menos un millón de indígenas. Hacia 1581, según un censo llevado a cabo por el gobernador de la época, Diego Arteaga de Cherino, sólo quedaban vivos unos 15,694 indígenas. Gran parte de ellos muy enfermos.

Cuando el mundo quedó el silencio

Con la llegada de Pedrarias Dávila como nuevo gobernador de la provincia de Nicaragua en 1527 el mundo se cayó definitivamente.

Nos animalizaban de la forma más cruel y despiadada posible, nos vendían como esclavos a Panamá y al Perú, nos reventaban como bestias de cargas y nos mandaban a morir en las minas de oro, nos marcaban el cuerpo con el fierro ardiente cada vez que cambiábamos de amo. La humillación era tal, que preferían los lugares públicos como las plazas para marcarnos la cara hasta que los rasgos se perdían entre una masa chamuscada y adolorida que alguna vez fue un rostro… A hombres, mujeres y niños por igual. Además de eso, y tal vez uno de los peores castigos, éramos castigados con el “aperreamiento”.

El génesis de los torturadores

Un día Pedrarias castigó a uno de sus esclavos desobedientes de una forma particular para que sirviera de escarmiento a los demás; asustado, desarmado e intimidado lo puso al frente de 4 descomunales mastines para que pelearan contra él.

Después de unos gritos de terror comenzaron a sonar los de dolor y desesperación, de un sufrimiento inmenso y ahogado. El gruñido sordo de los perros al desgarrar la carne y reventar los tendones y alcanzar los huesos, apenas era perceptible en medio del brutal castigo en público que además era una humillación enorme a nuestra moral. El terror psicológico sobrepasaba los límites de lo humano, pues los demás esclavos éramos obligados a ver la ejecución.  A ver cómo nuestro hermano era comido por las bestias aun estando vivo; éramos obligados a ver cómo nuestro hermano veía más muerto que vivo cómo los mastines le arrancaban pedazos de enteros de piernas, de brazos, de dedos y finalmente del cuello y la cara.

Los caminos de sangre se abrían paso entre las piedras de la plaza principal de la ciudad de Santiago de los Caballeros de León y de aquel primer indio aperreado apenas quedaron unos despojos amorfos y llenos de sangre, baba y tierra cuando las bestias se cansaron de jugar con el cadáver y los españoles se había complacido lo suficiente con su espectáculo de domingo por la tarde.

La herencia perversa

A Pedrarias Dávila le divirtió tanto la nueva forma de castigar a los “indios desobedientes”, que mandó a construir un lugar especialmente para esos espectáculos, todos los domingos después de la misa, a la cual asistían la mayoría de los vecinos de la ciudad.

Y en lugar de uno sólo, a veces las ejecuciones eran múltiples, y aquella parafernalia se convertía en una orgía de sangre, terror y muerte; el precio de la rebelión.

En una ocasión, la peor de todas, 18 teytes rebeldes, caciques, fueron ejecutados de esa forma macabra en la plaza central. Varios mastines fueron dejados sin comer durante 3 días y luego lanzados a los prisioneros heridos y golpeados, quienes sólo tenían unos palos de madera para defenderse. 

Ahora los mastines y alanos eran entrenados exclusivamente para matar indios en su coliseo. Cubiertos con cueros en ambos lomos y potentes protecciones de fieltro desde la cabeza hasta el nacimiento de la cola. Además, tenían unos collares de con puntas metálicas en sus cuellos, patas, cabeza y lomo. Definitivamente unas bestias infernales que infringían un terror casi demoníaco entre sus víctimas.

Los sicarios no son de ahora

Hernando de Soto, uno de los lugartenientes de Pedrarias Dávila y posteriormente su yerno era muy aficionado a castigar a los indios mediante el aperreamiento.

Así mismo, el Padre Francisco de Bobadilla, cuñado de Pedrarias Dávila, colocó en la cima del cráter la Cruz de Bobadilla luego de que hicieran bajar a decenas o centenares de indios a buscar el “oro derretido” que fluía en el lago de lava al fondo del cráter. La ambición por el oro fue tal que inclusive muchos españoles intentaron bajar a la cámara magmática en busca del preciado metal.

“Los salvajes” bajaban obligados al cráter sabiendo que eso significaba una muerte segura pues si el calor no los mataba en el descenso, lo hacían los gases tóxicos o las piedras se despendían de las paredes a su paso, y finalmente, los más desafortunados caían aún vivos al lago de magma y se calcinaban en cuestión de segundos. 

Años más tarde aquel sitio se convirtió en una especie de cementerio para los infieles, pues ahí eran lanzados vivos muchos indígenas rebeldes que desobedecían las órdenes de sus encomenderos y amos.

Los despernancadores de indios

Sin lugar a dudas, haber vivido en esa época fue uno de los peores castigos que mi gente sufrió, pues la interseccionalidad jugaba en nuestra contra, ya que además de ser indios, éramos “salvajes”, infieles, politeístas, incultos, sin ninguna percepción de la educación ni respeto por la cosmovisión ni el poder de Dios nuestro señor, y además de eso, y lo más ofensivo para los españoles, los tuyras, -demonios- era la rebeldía y la idea de independencia total de ellos. Los irritaba tanto que para demostrar su superioridad como seres pensantes recurrían a la violencia y la humillación.

En varias ocasiones vi cómo despernancaban a mis hermanos; amarraban sus 4 extremidades a 4 caballos y a la orden del señor hidalgo unos gritos desgarradores ahogados en sangre y dolor anunciaban que un indio estaba siendo despernancado y en cuestión de segundos estaba siendo convertido en un varios pedazos sanguinolentos y temblorosos con huesos partidos y músculos desgarrados que un minuto antes había sido una persona completa de piel morena.

La venta de esclavos

Años más tarde, hacia 1545 y hasta 1550 fui parte de la rebelión que lideró Juan de Santiago de Padilla y Tenamitl, quien se cree que fue el primer mestizo de la provincia de Nicaragua. Su lucha era por la libertad plena de todos los indígenas, quienes éramos maltratados muchas veces hasta por placer hasta causarnos la muerte.

La exportación de esclavos hacia el Perú y Panamá terminaron de diezmar a los nuestros.

Los registros oficiales dicen que en los primeros 30 años de la conquista fueron vendidos como esclavos cerca de 200,000 indígenas. La mayoría para la ciudad de Panamá y los más desafortunados para Perú, a morir en las minas de en busca de oro. Muchos de esos hermanos no sobrevivían al viaje en barco, pues posterior a su captura eran heridos y la poca o nula alimentación junto con las enfermedades terminaban por convertirlos en cadáveres.

Los primeros presos políticos

Juan de Santiago y muchos de sus compañeros fuimos capturados. Algunos ejecutados en el momento, y otros sobrevivimos unos 5 años en unas mazmorras de algún lugar cercano a la ciudad de León. Sobreviviendo a punta de pan y agua en un calabozo donde no entraba la luz del sol en ningún momento, donde en los primeros meses muchos prisioneros eran azotados con un trozo de madera ardiente, o colgados de cabeza a unas pilas de agua o golpeados a palos hasta morir. Estábamos en un lugar donde la psicología del poder deshumaniza al captor y animaliza más al secuestrado, donde el alma desciende hasta los niveles más oscuros del infierno y convierte a los carceleros en una sombra oscura muy distinta de lo que pudo ser en su mejor momento; donde la dignidad del capturado es destrozada pedazo por pedazo, quemada, azotada, despernancada o decapitada hasta quedar hecha unos despojos sanguinolentos que se arrastran por el suelo suplicando por una muerte rápida para no sufrir más y más.

Sin duda alguna, un lugar donde el torturador simplemente deja de ser un humano y se convierte en algo sin nombre que entre más poder tiene, más perversa es la lógica de su actuar y más se desliza entre sombras infernales y disfruta infligir dolor a sus semejantes. Un lugar donde el secuestrado ya no llora más porque se le secaron las lágrimas de tanto dolor; un lugar sin humanos, donde sólo quedan los deshumanizados y los animalizados; los que hieren y los que sufren respectivamente.

 Uno de mis maestros estuvo cautivo con nosotros todo ese tiempo, días antes de ser rescatados de ese calabozo murió sentado en cuclillas con las manos extendidas al frente, en posición de oración. Nunca soltó una lágrima ni movió un músculo de su rostro para dejar ver su dolor cuando era torturado. Su dignidad fue inquebrantable, y al momento de fallecer con los ojos cerrados, en su gesto se podía adivinar una indescriptible paz y dignidad en medio del suplicio…

ÁAC NECH CUILIZ

ÁAC NEHUAN ONYAZ

ON NICAZ A ANNICUIHAN. AYYAYYAN.

NI CUICANITL IYEHELEL

NOXOCHIUH MONCUICAHUITEQUI ON TEIXPAN.

¿Quién vendrá por mí?

¿Quién me acompañará?

De pie, aquí estoy, amigos míos.

Soy cantor, desde el fondo del pecho

desgrano ante los hombres mis flores y mi canto.  

Poema Náhuatl basado en Cantares Mexicanos.

 

Nota del autor:

Los hechos relatados en la presente crónica se apegan estrictamente a la realidad y se basan en numerosos escritos dejados por Fray Bartolomé de Las Casas, relatos del cronista Fernández de Oviedo y varias recopilaciones póstumas de diversos historiadores.

Se pretende dentro de la medida de lo posible contribuir fielmente a la reconstrucción de nuestra memoria lejana para poder construir la historia de nuestros antepasados que muy pocas veces se cuenta de forma detallada, posiblemente por razones de poder de terceros o por una dolorosa necesidad de olvido sanador.

El personaje en que se envuelven los relatos de la Parte I es completamente ficticio; sin embargo, es la personalización de muchos indígenas que se rebelaron al naciente sistema de exterminio establecido en la provincia de Nicaragua a partir de abril de 1523.

Hoy podemos llegar a la conclusión de que, a lo largo de nuestra historia, abril es un mes muy dado a las rebeliones y a marcarse entre las líneas de la memoria.

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