18 septiembre, 2021

Crónicas de viaje: Nuevas Miradas por la ruta de Ajuterique y Lejamaní, las olanchanas y las baleadas

Luis Sánchez Corea

Honduras no es tan malo como lo pintan. Hay que ir y recorrerlo para darse cuenta. Aunque, como ocurre en todas partes, hay que tomar sus precauciones y evitar ciertos lugares, sobretodo, en la capital.  Pero en general, su gente es cálida, amable, acogedora. Similar a la gente de nuestros pueblos.

Visité cuatro departamentos en 4 días. Comayagua y La Paz en la región central, con el obligado paso por Tegucigalpa, finalmente El Paraíso, un departamento fronterizo al sur del país.  Aunque mi gira fue de trabajo, mi curiosidad alcanzó para observar un poco la vida catracha y escribir esta crónica.

El viaje

El viaje por tierra desde Managua a Tegucigalpa toma casi todo el día. Saliendo de Managua a las 7 de la mañana, se llega al mediodía a la frontera de Las Manos, ubicada a 24 kilómetros de Ocotal, en el departamento de Nueva Segovia. 250 desde Managua.  Una vez ahí, son al menos tres horas más para llegar a Tegucigalpa. Y de Tegucigalpa a Comayagua, mi primer destino, una hora y media adicional de camino.

Luego de recorrer 451 kilómetros de un tirón, llegué a Comayagua, precisamente cuando la tarde se retiraba para cederle su turno a la noche.

Comayagua es una ciudad colonial, con características y costumbres parecidas a las de nuestras ciudades coloniales de Granada y León. En semana Santa, por ejemplo, hacen las coloridas alfombras de aserrín similares a las leonesas.

La ciudad está asentada en un extenso valle, al pie de la cordillera de Montecillos.  El desarrollo urbano e industrial de la zona es palpable, hay un franco crecimiento.  Paralelo a la carretera panamericana está el canal seco, una vía alterna por donde circula transporte de carga con productos que entran y salen del país. A 7 kilómetros de la ciudad tambien está la base militar de Palmerola, en cuyas cercanías se construye un aeropuerto internacional. Este lugar fue ocupado por la contrarrevolución en la década de los años 80 para realizar operaciones contra el ejército nicaragüense.

“Olanchanas” con café

Alma Madrid, fue mi anfitriona en Comayagua. ¿Quiere probar unas olanchanas con cafecito? Me preguntó a la vez que me servía una taza de café lempira, junto a unas enormes rosquillas de maíz como de 10 centímetros de diámetro cada una. Con dos de estas es suficiente para tomar una taza de café. Se llaman olanchanas porque son originarias de Olancho, el más grande de los departamentos hondureños. Las rosquillas olanchanas son como quien dice aquí, las rosquillas somoteñas, pero en tamaño gigante.

La cordillera de Montecillos es una zona montañosa con una altitud promedio de 2100 metros que se aprecia desde el valle donde se asienta Comayagua. Me encontraba al pie de la montaña a la que tenía que subir a la mañana siguiente.

Luego de ver un rato las ediciones nocturnas de los noticieros en la televisión catracha, me dispuse a dormir.  Pues el día siguiente tendría una jornada intensa.

A subir el cerro tempranito

Al despuntar el alba del segundo día me preparo para la aventura. Un viaje a la montaña.

¿Ve aquellas luces en aquel cerro? me preguntó Alma Madrid la noche anterior después del cafecito con olanchanas, mientras señalaba, desde el porche de su casa, hacia la montaña. -Ahí es donde va mañana, – me dijo. Las lucecitas se miraban pulular a lo lejos en medio de la oscuridad. Por la mañana pude apreciar la montaña en todo su esplendor. Ese era ahora mi destino.

Debía adentrarme en la montaña para llegar a una comunidad perteneciente al municipio de La Paz, cabecera del departamento homónimo. Me esperaban en Los Calates-San Francisco de la Fraternidad, una aldea en medio de la montaña donde sus habitantes son agricultores, producen café, cítricos y granos básicos, principalmente.

En este viaje mi guía fue Analina Claros, una mujer líder de una cooperativa de mujeres campesinas, con quien viajé en una camioneta conducida por uno de sus nietos. “Me voy a ir en la paila” le dije “para ir tomando fotos del paisaje”. Pero no era que le estaba llamando paila a la camioneta por su estado, no; el día anterior supe que en Honduras así le llaman a la parte trasera de las camionetas. La paila allá es la tina aquí.

El camino sinuoso, las cuestas empinadas, los brincos que daba la camioneta y la polvareda que se levantaba, no me permitió hacer las fotos que deseaba. Una vez en la montaña realicé mis entrevistas e hice todas las fotos que puede. Era a lo que iba.  Ahí disfruté de dos tazas de café cosechado, secado, tostado y molido, allí mismo, por Lourdis Galea, una mujer agricultora que produce café y cítricos junto con sus 4 hijos. 

El tiempo apremia, así que una vez cumplida la misión retorné a Comayagua.

Ajuterique y Lejamaní

Par visitar la aldea Los Calates, hay dos formas de llegar. Tomamos la vía más cercana, y pasamos por Ajuterique y Lejamaní, dos municipios pequeños, limpios y bonitos. Muy parecidos a nuestros pueblos blancos. Pertenecen a Comayagua, pero están más cerca de La Paz, el departamento vecino.  Les llaman “los municipios gemelos”, porque están cerquita uno del otro, tan cerquita que yo les llamaría más bien “siameses” pues la cercanía no solo es geográfica, comparten sus orígenes y por tanto las mismas costumbres y tradiciones culturales.

Detalle de la plaza central de Ajuterique

Ajuterique y Lejamaní son pueblos prehispánicos, cuyos ancestros son los lencas. Una de las tribus que habitaban la zona cuando se dio la colonización. Los ajeturiquenses aún conservan rituales y tradiciones de sus antepasados. Sus fiestas patronales son acompañadas de mujigangas, una danza en la que los pobladores salen a las calles a bailar al son de bandas filarmónicas, con disfraces y máscaras grotescas, muy parecido a los ahuizotes de Masaya.

Casa de cultura de Ajuterique. Comayagua, Honduras.

Fachada del palacio municipal de Ajuterique.

Parroquia de Lejamaní, al fondo se aprecia el nombre del pueblo sobre la montaña.

 Panorámica de Lejamaní desde un punto de la montaña.

De regreso a “Tegu”

Así abrevian los catrachos el nombre de la capital hondureña. A nadie le oí decir el nombre completo. En las terminales de buses de los pueblos, por ejemplo, los transportistas desde las puertas de las unidades colectivas pregonan: Tegu!, Tegu!…nos vamos! Anunciando la capital como destino.

La breve estadía en la capital no me permitió más que hacer un recorrido rápido por el centro de la ciudad, una visita relámpago a la basílica de Nuestra Señora de Suyapa, patrona de Honduras, y finalmente, al caer la noche, cenar una baleada en un restaurante de comida rápida. Siguiendo las recomendaciones evité estar muy noche en la calle, y sobre todo en algunas zonas peligrosas de la capital. Me dispuse a pernoctar temprano.

La virgen y el ejército

La basílica de Nuestra Señora de Suyapa es una moderna e imponente estructura arquitectónica erigida a la patrona de Honduras, la virgen de Suyapa, su construcción inició a mediados de la década de los 50 y según los registros históricos, no fue sino hasta 2005 que se inauguró oficialmente.

En el momento que llegué, en las afueras del templo había un pelotón de militares, serían unos 100 según mis cálculos, la razón de su estancia allí me la reveló un vendedor de souvenirs y artículos religiosos: “es que la virgen de Suyapa es la capitana de las Fuerzas Armadas de Honduras”. Ah bueno, dije, que interesante, pensé que estaban aquí por otra cosa!

Mi visita coincidió con el inicio de las festividades religiosas dedicadas a esta advocación mariana. Varios comerciantes instalaban tramos como parte de las ferias que ahí se organizan. Las festividades inician el 3 de febrero, y según cálculos de los medios hondureños, cada año, durante esa semana la basílica es visitada por alrededor de un millón de devotos.

La basílica de Nuestra Señora de Suyapa en Tegucigalpa, tiene 93 metros de longitud, 43 metros de altura en sus torres, su altura se extiende a 46 metros hasta la cúpula.

Danlí, la última parada

A 127 kilómetros al sureste de Tegucigalpa está Danlí, llamada la ciudad de las colinas, pertenece al departamento El Paraíso, una zona agrícola y ganadera.  Ahí hice mi última parada. 

Salí muy temprano hacia Danlí desde “Tegu”. Llegar a Danlí lleva un poco más de tiempo, no por la distancia, sino por el estado de la carretera. Un buen tramo de la misma parece la superficie lunar, cráteres por todos lados, “aquí los conductores por capear un hoyo se meten en otro”, comenta un viajante con el que conversé durante el recorrido.

El templo de la Inmaculada Concepción  de Danlí es una obra que complió 200 años en 2017. En ocasión del bicentenario la iglesia católica elevó su categoría Catedral.

En Danlí me encontré con Jorge Luis Medina, un joven comunicador muy entusiasta, conocido por documentar la vida de los danlinenses en reportajes audiovisuales que emite en un canal local a través del programa Punto Joven, que el mismo produce, también tiene su canal en You Tube.

Jorge Luis, como buen conocedor de la historia, vida y obra de esta ciudad, fue mi guía turístico, qué más podía pedir.

Jorge Luis Medina es un joven nicaragüense productor de televisión que se ha granjeado mucho reconocimiento en Danlí, una ciudad hondureña donde emigró hace algunos años.  El es originario del municipio fronterizo de San Juan de Río Coco.

En varios puntos de la ciudad de Danlí se pueden encontrar esculturas realizadas con llantas, estas son creadas por Luis Bustamante, un joven artista que decidió apoyar una causa ecológica con su talento.

Museo municipal de Danlí

 

Edania Pastrán, conocida en Danlí por hacer las mejores baleadas.

La historia que me contaron de las “baleadas”

Una mujer hace habilidosamente una tortilla de harina prácticamente en el aire, bailando sus manos le va dando forma, luego la deja caer en la plataforma caliente donde antes de dorarse la retira y le pone los ingredientes: huevo revuelto, frijoles molidos, queso o crema y carne según el gusto del cliente, la dobla bien calientita y la pone en una bolsa;  “mire estas son las mejores baleadas de aquí, no lo digo yo, lo dicen mis clientes, el que se come una viene luego por más” me dice la mujer, quien no deja de sonreír mientras habla y a la vez prepara el famoso bocadillo hondureño. Ella es Edania Pastrán y se ubica en una placita en la periferia de Danlí, ahí transeúntes y viajeros de detienen a degustar la tradicional baleada.  

Mientras Pastrán preparaba mi baleada, le pregunté si sabía porque se llamaban así. A lo que respondió con una anécdota interesante, según se cuenta, en San Pedro Sula, había una señora famosa por sus tortillas con frijoles molido y huevos, pero un día se armó una balacera ahí, y la señora fue herida, entonces la gente empezó a referirse a ella como la baleada, con el tiempo el asunto evolucionó hasta llamarle baleada a la tortilla y ya no la señora.

Luego de la visita al puesto de Edania Pastrán, visité un par de lugares más y me dispuse a iniciar el retorno hacia Nicaragua.

De vuelta a la realidad

Después de 4 días intensos, crucé nuevamente la frontera, para encontrarme de frente con nuestra realidad.  Una vez que puse los pies sobre Nicaragua, experimenté una sensación extraña. Irónicamente me sentí más seguro en el país vecino, que en el mío propio. Ya todos sabemos por qué.

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